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A bordo de un padre / padre a bordo

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Proleterka (Tusquets) es la última novela publicada de la escritora suiza Fleur Jaeggy, una mujer de la que poco se sabe, como que escribe en italiano y que no tiene afán. Cada década, en promedio, sale un libro suyo. Proleterka, por ejemplo, es de 2001, ganó cerca de tres premios, y desde entonces seguimos a la espera de una nueva novela. Sí, la esperamos, porque las de Jaeggy son letras para no perderse.

Por Juliana Muñoz Toro 

La hija recuerda aquel viaje en el Proleterka con el padre. Era una adolescente en aquel entonces y su padre, un extraño. El mar se cruza con recuerdos de infancia. “La vida empezó en el momento en que entramos a bordo”. Ella quería ver más allá de los ojos amarillos “como después de la tormenta” de este hombre. Quería ir también al fondo de sí misma, de su cuerpo, de su curiosidad por otros desconocidos.

Barcos así navegan en la vida de cualquier persona. “Proleterka es el lugar de la experiencia” para después poder decir: no más experiencia. Es voltear a ver a ese otro, al que siempre ha estado ahí −padre, hermano, vecino− para empezar a conocerlo. A veces los navíos parecen ser arrastrados por el fantasma de la inercia: “En cierto modo algunos abandonan los afectos, los sentimientos, como si fueran cosas. Con determinación, sin tristeza. Se vuelven extraños. A veces enemigos”.

En la historia de Jaeggy, el padre es un hombre distante del mundo que quiere estar cerca a su hija. Un hombre de ojos pálidos, “ojos fríos. Antinaturales. Como un cuento de hadas sobre el hielo”. Pero el hielo también revela sentimientos. Algo así como: te oculto algo para que no sufras. O, tal vez, leo el periódico por mucho tiempo porque no sé qué decirte. Una vida ausente es una vida en otra parte.

En los pequeños gestos está el amor del padre. El hombre, cojo, apoyado en su bastón, la acompaña a correr, esquiar, patinar. Una compañía sin movimiento para el movimiento. En el pasaje con que comienza el libro, ella quiere darle un beso en la ceja al padre muerto. Pero le dicen “uno no besa a la muerte”. Entonces pone un clavo en su bolsillo. “Uno no le da regalos a la muerte”. Pero ella necesita darle “un testigo al fuego”. Su regalo de hija es no dejar al padre solo cuando ya no se puede mover más.

En esa distancia ella llama al padre por su nombre, Johannes. Otras veces relata su historia como una observadora. Busca la nada. “La nada es la materia del pensamiento”. La nada está hecha de seres, voces autónomas, memorias. Nunca estamos solos y en silencio. Los pensamientos tienen voluntad propia. Los deseos también.
 

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