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Lo pactado en La Habana implica el desafío de profundizar nuestras diferencias aceptando que las ideas políticas no abrirán fuego diferente al del debate. Viene el tiempo de los acuerdos de los que no se habla.
El 23 de junio se vivió como el anticipo real e inmediato de la firma de los acuerdos de fin del conflicto entre el gobierno colombiano y las Farc. Como tal, generó un mapa de emociones, propuestas y reticencias que anticipan la recepción del acuerdo final por las fuerzas vivas del país. En medio de ese mar de sensaciones, opiniones y expectativas, quienes acudimos a La Habana a dar nuestros testimonios en calidad de víctimas, nos dimos cita en el centro de Bogotá para analizar lo que significaba el cese al fuego bilateral y definitivo y dejación de las armas. Con muchas preguntas y con el texto del acuerdo en mano iniciamos la discusión.
Recordamos a desaparecidos, asesinados, secuestrados, violentados, heridos y afectados por esta guerra fratricida. Nos encontramos en un sentido de nostalgia por el saldo de tanta destrucción. Si hubiéramos parado todo esto antes, muchos todavía tendríamos a nuestros padres, hijos, hermanos. Muchos no tendríamos nuestros cuerpos lacerados, marcados, manchados por la infamia. Muchos habríamos crecido y vivido sin el corazón partido, o el tiempo interrumpido, o la vida trizada en cansancios que cuestan para seguir. Nos vemos a nosotros mismos, en nuestras heridas abiertas y cicatrices, en ellas encontramos una noción de futuro con la que apostamos por dar fin al tiempo de las balas por ideas. No más generaciones en conflicto armado.
Este acuerdo de gente común que ha sufrido por este conflicto terribles atrocidades puede ser una pista para ver los acuerdos de los que poco se habla. En La Habana se puede lograr el fin del enfrentamiento armado entre gobierno y Farc, aquí se puede mucho más. La mesa de conversaciones es un escenario de pulso, debate y encuentro pero la función es aquí, el lugar de encuentro entre gente transeúnte que trabaja día a día por sus familias y que, mucha, ha sufrido amargas consecuencias de este, el tiempo de las balas.
La posibilidad de callar miles de armas y cambiarlas por ideas tendrá la capacidad de influir los más de los espacios sociales. Una de las dudas principales del cese del conflicto armado es cómo se puede garantizar su sostenibilidad e implementación. Para esto, la mesa publicó el acuerdo sobre garantías de seguridad que también se anunció el pasado 23 de junio. Este acuerdo, que le apuesta a una concepción de seguridad orientada por el respeto y garantía de los derechos humanos, propone la promoción de un pacto político nacional que se base en la premisa fundamental de nunca más utilizar las armas en la política, ni promover organizaciones violentas como el paramilitarismo. Esto revela otro acuerdo más del que poco se habla: el acuerdo por la diferencia. La apuesta es que la sociedad colombiana no sea comunitarista, unidimensional y uniforme, nos la jugamos por la diversidad. Esto implica el desafío de profundizar nuestras diferencias aceptando que las ideas políticas no abrirán fuego diferente al del debate. Allí sólo la palabra podrá armarse, y su dotación más efectiva será la de los argumentos.
Estos acuerdos y apuestas pueden sonar a sueños, metas para unos, simples inalcanzables para los demás. Este sonido lo prefiero al de los funerales y a la sordina altisonancia de los silenciados. Estos acuerdos pueden albergar mucha, quizás demasiada, emoción y expectativa. Tal agitación la prefiero sobre la indolencia y la apatía, la indiferencia de la marcha al cadalso nacional. Estos acuerdos no son por supuesto una forma de olvido del daño sino, al contrario, un recuerdo digno del mismo ¿Qué mejor forma de honrar lo que nos ha pasado que cambiándolo? ¿Qué mejor forma de enaltecer a los caídos que apostar por la vida? Que firmen pronto en La Habana porque aquí comenzará el tiempo de los acuerdos. Será el tiempo de los acuerdos de los que no se habla.