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Por Jorge Emilio Sierra Montoya*
Mariano Ospina Hernández era el máximo representante de la llamada Casa Ospina, que cuenta en su haber, en la historia nacional, con tres presidentes de la República: Mariano Ospina Rodríguez —fundador del Partido Conservador—, Pedro Nel Ospina y Mariano Ospina Pérez, su padre (Bertha Hernández de Ospina, conocida en todo el país como doña Bertha, era su madre).
De él, claro está, muchos esperaban que sería el cuarto presidente de su familia. Y hasta parecía avanzar por ese camino desde los años mozos, cuando fue concejal de Medellín y diputado a la Asamblea de Antioquia, de donde luego dio el salto al Senado de la República y a la embajada en Alemania Federal, para cerrar con broche de oro en la Asamblea Constituyente, la cual dio origen a la Constitución de 1991 que todavía nos rige a los colombianos.
Pero, no. Él no era un político tradicional, de la vieja guardia, en busca de votos para repartir puestos y contratos a granel, pues prefería, a la manera de su padre, seguir ideas, es decir, ser analista político, interesado solo en los aspectos ideológicos de la Política (así, con mayúscula) y, por ende, en la ética, enarbolando aquellos principios morales que siempre van en contravía de la corrupción imperante en la actividad proselitista, sobre todo en nuestro medio.
Era un intelectual, mejor dicho. Con la formación académica requerida, al más alto nivel: egresado de Harvard y MIT, dos de las mejores universidades del mundo, mientras se dedicaba por completo a estudios avanzados sobre planeación, que por cierto le sirvieron de base para introducir las normas respectivas en nuestra Carta Magna, o sobre la integración fluvial de Suramérica, un proyecto liderado por él desde hace varios años.
Precisamente en la revista Desarrollo Indoamericano de la Universidad Simón Bolívar (cuando el suscrito era director tras la muerte de su fundador, José Consuegra Higgins) publicamos un amplio resumen de dicho proyecto, confiados en contribuir así a sacarlo adelante con apoyo de gobiernos nacionales y organismos de la región, así como de los sectores privado y académico, más aún cuando hoy parecen darse las condiciones para hacerlo realidad por factores como la globalización y la creciente formación de bloques comerciales a lo largo y ancho del planeta.
Mariano Ospina Hernández fue pionero, sin duda, de la necesaria integración efectiva, con parámetros modernos aun en infraestructura y medioambiente, de nuestros pueblos del sur, razón suficiente para no habernos nunca lamentado por verlo alejado de la política electoral y dedicado, en cambio, al mundo intelectual, donde tanto seguiremos necesitando personas como él, con las manos limpias.
¡Paz en su tumba!
* Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.