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Afganistán, uno de los Estados más pobres y problemáticos del mundo en materia de seguridad tiene nuevo presidente: Ashraf Ghani, antropólogo y profesor en Johns Hopkins y Berkeley, y ex ministro de finanzas durante el gobierno saliente de Hamid Karzai.
Ghani llega en medio de una profunda crisis, por la poca certeza acerca de la viabilidad del Estado en momentos en que la violencia extremista aumenta y el país aún no recupera el llamado monopolio de la legítima violencia (si es que se puede asegurar que alguna vez lo tuvo), un elemento clave para que las instituciones funcionen.
Tampoco se debe perder de vista que el nuevo presidente llega en medio de acusaciones de fraude por parte de su rival político Abdullah Abdullah. No obstante, las disputas se terminaron zanjando mediante un acuerdo político que permite a Abdullah participar del poder afgano en un gobierno de unidad nacional. Si bien el pacto constituye un avance fundamental en la legitimidad para el nuevo gobierno, la posibilidad de que ese Estado recupere el control del territorio sigue siendo un objetivo difícil de alcanzar.
Ahora bien, no todo ha sido sombrío en el Afganistán que surgió desde la intervención militar de 2001. Uno de los activos más visibles del Estado aún en ciernes consiste en el acceso a millones de niñas a la educación, derecho que por años el régimen talibán negó. El Banco Mundial estima que para 2012, casi 8 millones de afganas podían acceder a la educación, aunque reconoce que el funcionamiento de esas escuelas todavía es insuficiente y el déficit de maestros es significativo. Uno de los mayores avances tiene que ver con las mejoras para la mujer.
En el horizonte económico, los desafíos también revelan una complejidad mayúscula. El Banco Mundial recuerda que apenas el 61% de los afganos tiene acceso a agua potable, 30% a electricidad y apenas el 28% a servicios sanitarios. En este campo, la precariedad es inocultable y el nuevo gobierno deberá enfrentar además un enemigo que dificulta la lucha contra la pobreza: la corrupción. Valga decir que el gobierno saliente de Hamid Karzai será recordado por muchos por el despilfarro de buena parte de la ayuda internacional con la que el país contaba para acelerar esos cambios.
Por tanto, el mandato que inaugura Ashraf Ghani debe significar un nuevo Afganistán en un vecindario en el que abundan los problemas por el extremismo religioso y por la presencia hostil, pero que algunos ven como necesaria, de potencias occidentales. La cuestión que emerge es conocer el papel que desempeñará Afganistán en una región azotada por la amenaza del Estado Islámico. Solo queda incertidumbre, pues este año se debe completar el retiro de las tropas de Estados Unidos, algo que tendrá una incidencia mayor en el futuro de Asia Central.
Mauricio Jaramillo Jassir *
Profesor U. del Rosario