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Al 9 nadie lo nueve (II)

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Garrincha, el ángel, oye y asiente: ¡goooool! Es pura imagen: la G chuta la O dentro del arco, la L.

 ¡Es pura danza! Vinicius de Moraes.

Al 9 nadie lo nueve porque su posición exige la reciedumbre de Sísifo con su roca eterna, en dicha posición está implicada la decidida autoeliminación de Ana Karenina y su profunda y misteriosa mirada; el 9 ocupa un lugar que narra las delicadas y sabrosas conversaciones existenciales entre Homero Simpson y su hija cuestionadora. El 9 se ve enfrentado a tomar decisiones cuando no hay tiempo para ello, el fútbol no admite reflexivos sin dinámica, aunque hay que pensar, pero en la inmediatez, y estar al acecho del error del otro. El 9 es “güevero” (como le decíamos al 9 en la calle y así lo recuerda María Elena Giraldo Ramírez), un decididor en simultáneo porque se equivoca y sabe que el error es su material de trabajo. Ese es el destino del 9: contusiones, olvidos, loas efímeras y ostracismos eternos. Su posición, paradójicamente, es la más frágil, la que más rotan, pues a un defensa lo pueden dejar todo el partido, a un goleador lo cambian si no hace goles. Al 9 los valoran como pura sangres y los mercadean como a tales, condición inevitable en el fútbol. (¿Será por eso que a los comentaristas se les oye decir que “el técnico puso la carne en el asador”?). Un 9 habita una zona del campo que hace respetar con goles. Basta recordar los golazos de Müller, Klose, Fontaine o Klinsmann. Goleadores que pasaron a la historia por su concepción de área y sus repentinos y súbitos goles. A un 9 nadie lo mueve, aunque juegue de 10: recuerden a Ronaldo, Batistuta, Lineker, Lato, Rossi, Kempes, Shearer, Van Basten, Nistelrooy, Rooney, Llorente, Eto’o, Villa o Benzema. Goles mágicos, enigmáticos, inciertos, dulces, amargos e impensados. Se pusieron la 9 porque sabían de durezas y rocosidades pero, además, por su fragilidad, por saberse movibles, renovables, cambiables, seres humanos al fin y al cabo. La lista de goleadores que se vistieron de 9 es interminable, pero algunos pisan más fuerte que otros, por eso son protagonistas mundiales, como Arturo Cova, el de La vorágine, o Pedro Zabala, el de Guayabo negro. Nueves negros, bajos, altos, flacos, gordos, amarillos, azules, blancos: Ibrahimovic, Van Persie, Drogba, Cavani, Higuaín. Garrincha jugaba con un 9 raído, como raída su existencia, como la de Geoffrey Firmin, el de Bajo el volcán, de Lowry. Personajes rotos que encontraron en la bebida el único atenuante para seguir con vida. Antonin Artaud se parece a estos jugadores-personajes que tienen que resolver su ardorosa existencia en una jugada magistral, repentina, es decir, escribir con el balón la mejor jugada que termina con el grito furioso y rabioso de gol, el de la cima que se convierte, gradualmente, en sima. Sin más.

Juan Carlos Rodas Montoya*

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