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Al borde del Caribe

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Hay palabras capaces de convocar universos.

“Caribe” es una de ellas. El poeta Jorge Luis Borges aseguraba que, mientras un falsario que intentara hacer pasar por árabe un libro que no lo fuera lo llenaría de camellos, Mahoma, que no tenía ninguna necesidad de demostrar su arabiedad, en el Corán no mencionaba a los camellos ni una vez. Es un argumento tentador, además de ingenioso. Y sirve para aventar los riesgos del pintoresquismo vacío. Pero tal vez no sea cierto. Las informaciones con las que cada uno cuenta podrán ser más o menos prestigiosas. Pero son imposibles de evitar. En el momento de escuchar música, cada quien lo hace con todo aquello que ya ha escuchado antes. Y con lo que ha visto. Y con sus ideas acerca de lo que la música es. Y de lo que debe ser. Stravinsky, Ravel o Debussy no se escuchan igual, en todo caso, con la palabra “Caribe” resonando en la memoria.

Alejo Carpentier escribió acerca de los capiteles de la catedral de Santiago de La Habana. Hay allí un ángel con maracas y de esa presencia el escritor derivó toda una visión acerca de la relación de América con la cultura europea. La india que desde lo alto preside el escenario del teatro Adolfo Mejía se le parece. Las diferencias son dos. Y no son menores. En primer lugar, la tensión —o el juego— entre dos culturas no se produce en el interior de la obra misma sino entre ella y lo que la circunda: el teatro a la italiana, en herradura; la música que allí tiene lugar. La segunda diferencia es, tal vez, aún más significativa. No se trata aquí de alguien llegado del mundo divino para apropiarse de los atributos de lo humano —el cuerpo, el ritmo, las maracas—, sino de una habitante de la tierra. De esta tierra. Y, por añadidura, de alguien que porta ni más ni menos que aquello en que descansa el comienzo de todo: la palabra. La india Catalina es una traductora. Es quien hizo de intérprete para el primer conquistador. Es, en ese territorio en que poco importa lo que no sea riqueza y el poder para obtenerla, alguien que entiende y que permite que otros entiendan. En el misterio de la música, en esa extraña lengua en que tantos encuentran la emoción aunque nadie, ni siquiera los eruditos, sepan explicar exactamente por qué, la traducción es un emblema. Los intérpretes traducen a los compositores. Y los oyentes traducen a los intérpretes.

Si algo llama la atención, y seduce, a quien llega de lejos, es esa sensación de traducción. O de distancia. O de bienvenida interferencia. Esa manera en que, inevitablemente, Ravel suena impregnado con el olor del mar, de las frutas opulentas y de las palabras mágicas —ron, piratas, trópico, naufragios—. Que el festival “oficial” dialogue, además, con otro en que los mestizajes son puestos en escena, literalmente —el tango de Rodolfo Mederos y la poesía de Juan Gelman, la música de Nino Rota para los filmes de Fellini, el arpa llanera y el arpa francesa, la guitarra brasileña y la convivencia de Heitor Villa-Lobos y Baden Powell—, completa el cuadro. Un festival podría ser, sencillamente, un conjunto de buenos conciertos. Antonio Miscenà, director general de este extraordinario encuentro al borde del Caribe —y de esos universos que la palabra convoca—, dice que se trata, justamente, de lo contrario. De “encontrar puntos de unión, de lograr que a lo largo de los distintos conciertos se tenga la sensación de que unos han iluminado a los otros, de que cada uno ha tenido un significado nuevo y, a la vez, ha hecho que los otros también lo tengan; que el conjunto sea más que la suma de las partes”. Un conjunto, huelga decirlo, en que el paisaje —y sus olores, los fantasmas, sus resonancias— resulta ineludible.

Diego Fischerman. Crítico musical Página 12, de Argentina. *

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