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El criminal episodio del hacker demostró, más allá de toda duda razonable, que el partido uribista, con su articulación de la estrategia de comunicaciones en torno a personas que dicen que les gusta el olor de la sangre y la muerte, no está interesado en modificar los términos de la actual negociación, sino en forzar a cualquier precio que las partes se levanten de la mesa, de manera que se le abra el espacio a una victoria militar que se proyecte como un ejercicio de justicia de vencedores. Por ello resulta necesario y urgente, a pocos días de las elecciones presidenciales, reflexionar sobre las implicaciones de optar por una salida militar o por una salida política al conflicto armado y, con ello, por uno u otro candidato. Más allá de que, a pesar de la superioridad estratégica del Estado sobre las guerrillas, la por muchos anhelada victoria militar puede resultar elusiva y costosa, es importante llamar la atención sobre el hecho de que, aún si la tenemos por posible, buscar una victoria militar definitiva no resulta para nada deseable en términos morales y políticos. Las victorias militares se prolongan casi inevitablemente a manera de justicia de vencedores —Nuremberg no fue la excepción— y siguen una distribución completamente asimétrica de las responsabilidades, así que el vencedor asume el papel de la inocencia comportamental —por ejemplo, bajo la fórmula de las “manzanas podridas”— y le atribuye al vencido, a quien califica de simple criminal, el monopolio de las culpas y los desafueros. Sucede, sin embargo, que después de 30 o 40 años, durante los cuales las organizaciones y redes de derechos humanos han registrado en forma obsesiva y meticulosa las violaciones de derechos humanos y los crímenes de guerra perpetrados por agentes del Estado, solos o en alianzas con grupos ilegales paraestatales, resultaría contraproducente que el Estado proclamara su inocencia absoluta desde el podio de la victoria. Su discurso y su gesto no serían creíbles de cara a la tribuna global, y en el ámbito doméstico suscitarían polarización y represión. Entonces muy probablemente se dispararía, con una fuerza hasta hoy desconocida, la indignación del movimiento humanitario a escala planetaria y nos veríamos abocados, acaso durante décadas, a un fuerte intervencionismo judicial y a presiones de toda índole, orientados a conseguir “el castigo del vencedor”. Ya no es tiempo para eso. En un contexto de barbarie más bien simétrica, como el que caracteriza la guerra colombiana en el agregado de los últimos 50 años, resulta de lejos más razonable, sobre todo bajo condiciones de superioridad militar a favor del Estado como las que hoy caracterizan el conflicto, buscar una salida negociada que ahorre costos y muertos y que permita un justo aporcionamiento de las responsabilidades por crímenes de guerra entre las partes en conflicto, siguiendo criterios diferenciales según la naturaleza de los distintos actores. La comunidad internacional así lo entiende y por ello está apoyando de manera firme el proceso. Que un país como Colombia se embriague de soberanía y le apueste a la hybris de la justicia de vencedores resultaría suicida en el mundo globalizado de hoy. El episodio del hacker probó que el partido uribista no está movido por un afán ecuánime de justicia sino por un afán desmedido de impunidad judicial en beneficio exclusivo, y por un alocado odio vengador. Solamente así me explico que en sus huestes muchos no logren entender que, por razones de simetría en el trato, la paz negociada también los beneficia a ellos.
Iván Orozco Abad *