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Argentina vuelve a encontrarse en una final con el rival que le arrebató el título mundial en Italia hace 24 años. Fue en el estadio Olímpico de Roma. Al minuto 39 del segundo tiempo, Roberto Sensini cruzó en el área a Rudi Völler.
El juez decretó penalti y Andreas Brehme lo convirtió en gol, vengando así lo ocurrido cuatro años antes en el Estadio Azteca de Ciudad de México, cuando fueron los albicelestes quienes se llevaron a casa la preciada Copa.
Esta vez el escenario es el estadio Maracaná de Río de Janeiro. La fecha, domingo 13 de julio. A esta cita los dirigidos por Alejandro Sabella llegan más sólidos y compactos que al comienzo del torneo, cuando parecía que dependían exclusivamente de las individualidades para lograr la gloria.
Llegan a la final tras vencer a Holanda en la tanda de penales, la misma ruleta que les dio la espalda en 2006, precisamente contra Alemania. Se trata de una instancia para la que no hay entrenamiento, porque, más allá de la suerte o el talento, influyen de manera amplia las presiones psicológicas. Ante la ‘naranja mecánica’, Sergio Romero amaneció inspirado y se convirtió en la figura al atajar el balón en dos oportunidades.
Antes de eso fueron 120 minutos en los que las cosas se dieron tal como se esperaban: con dos equipos resguardados en defensa y más inclinados a apostarle al desequilibrio de sus individualidades. Louis Van Gaal comenzó proponiendo un juego lento y luego pasó al campo argentino, donde hizo padecer a su rival. Argentina, en cambio, no fue el dueño de la pelota, pero pese a ello se las ingenió para generar opciones más claras.
Fue ahí cuando Romero se volvió determinante. Normalmente los arqueros no son las figuras de los equipos, pero deben estar para los momentos claves, esos que cambian el destino de un onceno. Fueron sus manos las responsables de que Argentina esté en una final.
La siempre favorita Alemania se va a encontrar con una Argentina que ahora empieza a jugar como equipo, sin depender únicamente de sus individualidades, la curva de los suramericanos es claramente ascendente. Pero que nadie se olvide: una final es un partido diferente y cualquier cosa puede pasar.
Gustavo Alfaro *