¿Bailamos?

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El seis de enero, día de reyes, en el parque de la 60 algunos comerciantes ofrecieron un agasajo a los habitantes de calle del sector, les repartieron regalos, les brindaron tamal con chocolate y en una tarima se presentó la orquesta Son Callejero.

Por: Alberto López de Mesa*

En uno de los temas, salió del CAI una teniente joven y buenamoza, llegó hasta uno de los ñeros y lo sacó a bailar. Para todos los presentes fue muy grato ver esa danza entre “contrarios”, al respecto, mi amigo, el antropólogo Manolo Pardo me explicó que “la danza y la comida fueron, en la Colonia, un factor de la interculturación, así en las tararas indígenas, en el bullerengue negro o en la contradanza española terminaban participando jóvenes del pueblo sin distinción de razas, credo o condición social, la voluptuosidad del baile fue buen pretexto para el mestizaje”.

Esta comentario me impele a imaginar la escena que se dio en el corregimiento de Conejo, en la Guajira, durante el festejo de fin de año: una joven ex guerrillera escucha la canción de Crecensio Salcedo, “Yo no olvido el año viejo”, en la versión original que interpreta Toni Camargo. Ningún corazón colombiano, en esa fecha, está exento a la tentación de bailar que inspira esa canción, así fue como la chica vio solo y aburrido un francesito de la comisión de verificación de la ONU, lo buscó, le tendió la mano y la dijo: “¿bailamos?, esa expresión la traduce el instinto, no la razón. Así pues, el joven aceptó y se entregaron a la danza con la inocencia del afecto, expresándose con el atávico lenguaje corporal, ajenos a las cámaras de celulares y de los medios.

Sin duda, los delegados de la ONU y los guerrilleros en esa zona han comulgado en otras contingencias, seguramente unos y otros se han guarecido de la lluvia en una misma enramada, han compartido alimentos en encuentros comunales, han tenido conversaciones sobre temas de la vida cotidiana. Pero para el fundamentalismo moralista que ha surgido últimamente en el país, el hecho de que los de la ONU bailen con los milicianos en proceso de paz, anula la objetividad en la verificación del desarme. Para ellos la observación debe hacerse de lejos y con binóculos, como si el reconocimiento de las transformaciones de las almas y de las mentalidades pudiera hacerse sin untarnos del otro, sin dialogar.

Desde mi intuición callejera pienso que una bella utopía sería aquella donde bailen las naciones unidas, entonces se acabarían las fronteras físicas y mentales y se practicaría la verdadera ayuda mutua.

*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle

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