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La historia de Brasil está tejida por sobresaltos que han definido su destino.
El 13 de agosto, a las 10 de la mañana, todo Brasil se enteraba de la muerte de Eduardo Campos, candidato a la Presidencia por el Partido Socialista Brasileño, que lideraba la coalición Unidos por Brasil. Las elecciones, que serán en octubre, se dan en un momento de desencanto de las nuevas generaciones con los partidos políticos y sus redes clientelistas, lo que ha contribuido para una fuerte campaña en favor del voto en blanco o del voto nulo. Pareciera que el campo de acción de la generación que luchó en contra de la dictadura y el proceso de transición a la democracia llega a su fin.
A pesar de que las encuestas apuntan a que la presidenta Dilma Rousseff es la favorita en el proceso electoral, con aproximadamente 40% de la intención de votos y probabilidad de vencer en la segunda vuelta, esas elecciones son el reflejo de un país dividido por la visión de dos partidos que han protagonizado la historia política del país en las dos últimas décadas: el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Partido de los Trabajadores (PT).
En un escenario político desgastado y polarizado por los que apoyan a la presidenta Rousseff y por los que pretenden derrotarla, Eduardo Campos representaba el nuevo liderazgo de esa generación que nació después de 1964. Los nacidos desde entonces habían salido a las calles con la esperanza de traer el sueño de libertad de vuelta, habían acompañado el plan de estabilidad macroeconómica y vieron este sueño más cerca cuando Lula llegó al Palacio de Planalto con dos acuerdos tácitos: luchar contra el hambre y disminuir la vulnerabilidad externa del país.
Una de las últimas frases de Eduardo Campos, durante la entrevista concedida a la Red Globo el día anterior a su muerte, fue: “No podemos desistir de Brasil”. En vísperas de esa elección decisiva, la militante ambientalista y evangélica Marina Silva asumió como candidata del Partido Socialista Brasileño , para muchos una huésped del partido y una socia por conveniencia. Después de la muerte de Eduardo, las encuestas ya indicaban que Marina Silva tenía 20% de las intenciones de voto, solamente un punto por debajo de Aécio Neves, el segundo en la contienda electoral.
Estas elecciones serán disputadas en dos significativos estados brasileños: Minas, de donde provienen Aecio Neves y Dilma Rousseff, y São Paulo, reducto electoral más importante del PSDB y en el noreste de Brasil, en donde las políticas sociales del PT son más visibles.
Es verdad que no se puede desistir de Brasil, pero vale recordar que el PT y su esquema para permanecer en el poder, Aécio Neves y el PSDB sin un programa definido no son muy inspiradores. Hace falta una luz al final del túnel, una luz que quizás la tenía Campos. Brasil tiene una ecuación irresuelta: una izquierda pragmática que empieza en las calles y termina lejos del pueblo, un centro obsoleto y una derecha que se reorganiza alrededor de Marina Silva.