Callar es pecar

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Por Rafael Vergara

Francisco, al hablar en la encíclica Laudato si sobre la pérdida de la biodiversidad, educa y aborda un tema que nos duele y es sensible en la ciudad de Cartagena.

“Cada año —dice— desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre. La inmensa mayoría se extingue por razones que tienen que ver con alguna acción humana. Por nuestra causa y con la complicidad del silencio, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia, ni podrán comunicarnos su propio mensaje”. ¡No tenemos derecho a ser así!.

Y exclama y nos toca de manera directa:

“Adentrándonos en los mares tropicales y subtropicales, encontramos las barreras de coral, que equivalen a las grandes selvas de la tierra, porque hospedan aproximadamente un millón de especies, incluyendo peces, cangrejos, moluscos, esponjas, algas, etc. Muchas de las barreras de coral del mundo hoy ya son estériles o están en un continuo estado de declinación: «¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?». Este fenómeno se debe en gran parte a la contaminación que llega al mar como resultado de la deforestación, de los monocultivos agrícolas, de los vertidos industriales y de métodos destructivos de pesca, especialmente los que utilizan cianuro y dinamita. Se agrava por el aumento de la temperatura de los océanos”.

En la entrada sur de la bahía de Cartagena, la amenaza acecha los casi dos kilómetros del arrecife coralino de Varadero.

Los hemos llamado Corales Heroicos porque lo han resistido todo. Encima de ellos pasan las sedimentadas y contaminadas aguas del canal del Dique y aunque el agua superficial es turbia y afecta la penetración de la luz, su salud es excepcional. Los científicos lo califican como un caso único y piensan que en él podrían encontrarse las claves para salvar a los corales que declinan en el mundo.

Pero la adicción a la ganancia los tiene en la mira. Por cientos de años han estado allí y son residencia de especies asociadas a la seguridad alimentaria de los afros que viven en la zona costera.

El peligro es el veneno del negocio que, con la complicidad del Estado, fortalece la obstinación de dragar y sacrificar la vida para favorecer la carga en tránsito.

Esos corales, además de garantizar la seguridad alimentaria, son un patrimonio de la Nación, aunque no los hayan declarado lo son, por encima de cegueras burocráticas que pretenden ignorar su existencia.

Junto con Invías y la Financiera Nacional, quienes los tienen sentenciados son los propietarios del puerto de Contecar, donde el papa hará la homilía con nuestro pueblo.

Externar una postura crítica no siempre es grato, pero la coherencia es incompatible con el silencio.

Callar además significaría aceptar la paradoja de que el papa ecologista, sin saberlo, reciba al pueblo de Cartagena precisamente inaugurando el patio de un puerto que fue un manglar de 59 hectáreas. En defensa de la biodiversidad en Laudato si, en “Lo que le está pasando a nuestra Casa”, dice que “también los humedales, que son transformados en terreno de cultivo, pierden la enorme biodiversidad que acogían. En algunas zonas costeras es preocupante la desaparición de los ecosistemas constituidos por manglares”.

¡No, definitivamente no se vale!

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