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Capote se aburrió con los Rolling Stones

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Truman Capote, periodista y narcisista empedernido, tuvo a bien abortar la misión que se le había encomendado a mediados de 1972: cubrir la gira de los Rolling Stones por Estados Unidos. Lo disfrutó, pero no encontró qué escribir.

A mitad de la gira, cuando iban de camino a Mobile, Alabama, Capote desistió. En vista de que había eludido su encargo, la revista Rolling Stone le pidió un año después a Andy Warhol que tuviera una conversación con él sobre su fuga repentina. Había que recuperar la inversión.

Fue entonces cuando, en un diálogo casual, Capote recordó cuánto gozó el viaje, pero cuán poca intensidad imprimió en su creatividad. “En teoría —dijo—, sonaba como una idea divertida (…). Pero si no hay un misterio que el artista quiera resolver en su arte, entonces no tiene sentido. (…) No puedo escribir sobre algo a menos que exista un misterio para mí. Y los Rolling Stones no lo tenían”. Como ejemplos de ese misterio, Capote enlistaba sus propios libros: las variables tan distintas entre, por ejemplo, Música para camaleones y A sangre fría. Cuando Capote se fugó de la gira, los Rolling Stones ya se habían presentado en 15 ciudades —incluso en conciertos dobles— y él los había visto una vez tras otra fraguando las mismas coreografías, formulando las mismas entradas. “Entonces se vuelve mecánico —dijo—, un proceso mecánico que sabes cómo hacer desde una base puramente técnica”.

Testigo de escena, Capote recordaba que los Rolling Stones jamás se compadecían de su público: mientras miles de jóvenes rogaban al final de sus conciertos por una canción más en medio de la humareda cíclica de la marihuana, ellos ya estaban abordando un avión sin percatarse de los deseos ajenos. Aun así, encontraba peculiar el modo en que una banda, fundada en la imagen de un cantante que, según él, desconocía la técnica vocal, podía convertirse en el motivo de un caos multitudinario. “Mick (Jagger) es una de esas personas que tienen una cualidad andrógina —dijo—, como Marlon (Brando) o (Greta) Garbo, transferida al rock and roll, pero que es muy genuina. No hay nada de travestismo en ella. Tiene algo que es sexy y divertido, y que atrae a hombres y mujeres en la audiencia, más allá de su talento natural”. Otro habría llamado a eso un misterio.

Capote parecía ondular entre la certidumbre y el desconcierto con respecto a la figura de Jagger. “Es un actor extraordinario —recalcaba—. Él es justo eso porque, primero, no sabe cantar; segundo, no sabe bailar; tercero, no tiene la menor idea sobre música. Pero él sabe cómo llegar al escenario y convertirse en un gran showman”. Por un momento, Capote dijo sentirse parte de la banda: era una sensación foránea para su egoísmo, ser parte de un todo. Calificaba cada concierto como una “tormenta”, pero era una tempestad predispuesta, sin espontaneidad. Una naturalidad ensayada. Quizá por eso predijo, con cierta morbosidad, que los Stones tenían los días contados porque eran parte de una moda. Porque carecían de la inmortalidad del arte clásico.

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