¿Carne hormonal?

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Por Sebastián F. Villamizar Santamaría

Las hormonas de las carnes que comemos parecen tener efectos increíbles en nuestros cuerpos. El tenista colombiano Robert Farah dijo la semana pasada que es la carne del país la causante de su positivo por dopaje, y hace unos años el expresidente boliviano Evo Morales dijo que las hormonas de los pollos volvían homosexuales a los hombres.

Aunque lo primero está en investigación y lo segundo es mentira (ninguna comida afecta la orientación sexual de una persona), lo que estos casos sí evidencian es una falta grave de información. Y lo peor es que tenga que haber escándalos así, con todo y discriminación, para que nos preocupemos por lo que les echan a los animales que terminan en nuestros platos.

La comida en paquete y con registro del Invima u otros entes de control debe tener la lista de ingredientes y compuestos que se usan en cada alimento, pero poco sabemos de sus efectos en el cuerpo. Y tampoco es que sepamos cuáles son los químicos que les ponen a las frutas, verduras y carnes que no vienen en paquetes. Eso afecta directamente nuestra capacidad de decidir cómo alimentarnos.

Pero la responsabilidad de saber qué contiene lo que comemos no debería recaer en los consumidores. Yo no veo posible que cada quien tenga minilaboratorios en la casa para ver si la carne tiene tal o cual hormona. Y tampoco veo a los currículos de química de los colegios en ese plan, que además excluye de entrada a quienes no puedan ir a estudiar.

Es más fácil, y sobre todo transparente, que los mismos productores digan qué le ponen a la comida. Esa fue un poco la pelea de las bebidas azucaradas y la Superintendencia de Industria y Comercio, que al inicio no estuvo de acuerdo en pedir a las empresas hacer esta información pública. La industria de bebidas azucaradas y otras industrias de alimentos tienen miedo a la regulación porque saben que algunos de sus productos pueden tener efectos negativos en el cuerpo, pero no quieren perder el negocio.

El caso de Farah muestra además el evidente componente de clase en el tema del derecho a la alimentación. Mientras que personas de clases más altas como él pueden acceder a apoyo médico y científico para construir su dieta y aún así les pasa eso (suponiendo que su argumento contra el dopaje es cierto), ¿cómo será con el resto que no tenemos ni la plata para escoger ni el conocimiento bioquímico para saber qué pasa con lo que comemos?

Por eso es obligación del gobierno regular las industrias y hacer públicos los controles para que sepamos qué nos estamos metiendo y ahí sí tomar una decisión como consumidores. Me preocuparía la saturación de información que habría si esta regulación pasara de un día para otro, y por eso ese etiquetado debería ir de la mano con un programa de alfabetismo alimentario. Ojalá la indignación nacionalista con lo de Farah nos dé para presionar al gobierno a hacerlo.

@sebvillasanta

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