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Cartagena: ¿morirá de éxito?

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El balance de la actual temporada vacacional en Cartagena es positivo, de acuerdo con los parámetros vigentes para medir el turismo.

Que más colombianos lleguen a disfrutar de la ciudad es positivo para su economía, las empresas y muchos de sus habitantes, que aumentan sus ingresos. Que esos colombianos que llegan sean de todo el país, de distintas condiciones raciales y nivel socioeconómico es positivo. Que lleguen muchos visitantes extranjeros, igualmente de distinta procedencia y nivel de ingresos, es también positivo.

La ciudad ha diversificado su oferta turística. Más hoteles y camas. Más restaurantes y tiendas. Turismo de descanso, de sol y playa, de convenciones y congresos, cultural, de bodas, de farándula y espectáculos. También de droga y sexo. ¡No se puede tapar el sol con las manos!

Su modelo turístico ha sido exitoso cuando sólo se mide el crecimiento. Más oferta y más demanda. Más ocupación hotelera, más vuelos, más vehículos entrando, más eventos, más gente.

¿Y de la calidad? La ciudad ha aprendido lo que no sabía hace décadas. Ha mejorado la atención, cuenta con gente que se ha especializado en los distintos segmentos del mercado. No cabe duda de que, en general, la calidad ha mejorado. Pero, igualmente, los visitantes resienten una relación costo/calidad desventajosa. Altos precios y baja calidad. Saturación e incomodidad. Especulación.

A esto se añade que desde hace cerca de 20 años la población cartagenera se queja en cada temporada como la que termina. Su calidad de vida disminuye en la medida en que se acerca el año nuevo y comienza enero. Ahí “fue Troya”. La ciudad pierde el control de sí misma. El gobierno local es invisible frente a la avalancha, parece de vacaciones. Este año, como el pasado y el antepasado, las redes sociales se cargan de fotos y quejas: aumento de precios, pésima movilidad, incomodidad, ocupación indebida de los espacios públicos, toma de espacios no públicos y maltrato a su patrimonio material.

Resulta que la llamada vocación turística de la ciudad se ha potenciado y explotado por su bello patrimonio cultural construido. Como pocas ciudades caribeñas, Cartagena conserva en buen estado, un sistema de fortificaciones y una arquitectura colonial y republicana de embrujo. Sin embargo, sus murallas y baluartes sufren año tras año el maltrato de los visitantes: parqueos no autorizados, instalación de tarimas, publicidad con las piedras históricas de fondo, música estridente, en fin. Cada vez es peor este asunto, que es responsabilidad de propios y turistas.

La declaratoria de Patrimonio de la Humanidad a su puerto y conjunto fortificado expedida por la Unesco impulsó el turismo hacia la heroica Cartagena de Indias. Ahora los turistas desconocen y no valoran lo que pisan. El tipo de turismo se basa en la intensiva explotación de sus recursos; como los modelos que Acemoglu y Robinson reconocen por ser poco incluyentes e incapaces de superar la pobreza. Ante el desborde de su capacidad instalada que se presenta y crece cada año, la ciudad se mantiene como una verdadera ciudad heroica.

Luego de los festejos de fin de año entra enero con festivales y ferias cuyas empresas promotoras tienen domicilio en Bogotá y el exterior. El sector cultural cartagenero reza para que esos eventos que tienen la ciudad como escenario no se lleven los pocos recursos locales para la cultura y el turismo, y prende velas para que los subsidios que reciben les sean aplicados a sus iniciativas, que sin visibilidad mediática enriquecen la vida cultural durante el resto del año.

¿Hasta donde llegará el caos que aumenta cada año? ¿Por qué las autoridades nacionales y locales del turismo y la cultura no se pellizcan? ¿Es que acaso, para los más poderosos, el coto amurallado es una especie de Anapoima en el Caribe? ¿Acaso políticos y gobernantes temen perder votos?

Quienes vivimos en Cartagena veremos pasar el desastre de la temporada, como más tarde pasan las brisas. Sólo en el próximo diciembre volverán, con las mismas brisas, las quejas y la insatisfacción. Pierde, cada enero, el gobierno distrital una rica oportunidad para analizar el drama y construir a partir de allí nuevas propuestas de ciudad tanto para sus habitantes como para sus visitantes. ¡Qué mejor que planificar desde la crisis para diseñar un plan de mejoramiento continuo que vaya dando resultados en el tiempo!

¿No será que las empresas que se toman la ciudad con su publicidad vestida de patrocinio a la iluminación, que los empresarios y adinerados que vienen a su segunda residencia pudieran ser convocados por el gobierno local para hacer una verdadera contribución a la ciudad que todos los colombianos dicen querer? Los cartageneros que la habitan quieren que alguien los oiga y saben que los problemas de la ciudad no son de responsabilidad exclusiva de ella. Las dinámicas que se generan alrededor del turismo y los grandes intereses nacionales privados y públicos tienen alta responsabilidad.

El modelo de ciudad y turismo no puede seguir siendo el mismo. Un replanteamiento total se requiere; la ciudad patrimonial debe y puede ponerle tatequieto, por ejemplo, a la voracidad inmobiliaria que hace parte de la expansión turística. Por ello resulta significativa la propuesta del Comité Intergremial, que apuesta por una alternativa verde y recreativa en el extenso lote que dejaría la Base Naval al ser trasladada a Tierra Bomba. Es una visión local que debe ser tenida en cuenta por el Gobierno Nacional y sus instancias interesadas.

¡Si sigue así, Cartagena matará la gallina de los huevos de oro y morirá de éxito!

*Columnista ocasional.

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