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No es extraño que Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro hayan pactado un encuentro para resolver las diferencias. La urgencia del momento lo exige y existe la oportunidad de resolver, de una vez por todas, impasses que han venido entorpeciendo la comunicación.
Con la reunión de Puerto Ayacucho, ambos darán por superado el tema de la visita de Henrique Capriles, que tanta incomodidad generó en el chavismo. Con un vecindario en el que abunda la armonía y no se ven en el horizonte desacuerdos que puedan afectar a la región, ambos mandatarios aprovechan la unidad latinoamericana, alimentada por un interés común: impulsar acuerdos de cooperación, que no se vean comprometidos por las disparidades ideológicas. Principio válido en el continente latinoamericano y aplicable a Colombia y Venezuela.
Desde los noventa, gobiernos colombianos y venezolanos, sin excepción, han insistido en la necesidad de recurrir a los canales diplomáticos. No obstante, muy pocos lo han hecho y el pasado reciente muestra que difícilmente dicho vínculo puede ser institucional. Para degradar la relación o para salvarla, la figura presidencial es indispensable. En este momento, ni a Maduro ni a Santos le conviene dejar en manos de ministros o embajadores el destino de la relación.
Para Colombia la reunión es clave en tres aspectos: la voluminosa deuda con los exportadores colombianos que aún subsiste a pesar de las reuniones Santos-Chávez, la crisis social en la región del Catatumbo y el proceso de paz constituyen aspectos fundamentales de la agenda Santos, en los que Venezuela desempeña un papel clave. Una enemistad con Caracas puede ser fatal en cualquiera de los tres. Una ventaja adicional: la cumbre permite a Santos distanciarse de la virulencia en el discurso que marcó la diplomacia (o ausencia de ésta) del gobierno anterior.
Venezuela, por su parte, ve en la cumbre una oportunidad inmejorable para sanear su relación con Colombia. El único bemol del reconocimiento internacional otorgado a Nicolás Maduro provino de su vecino en la mencionada reunión Santos-Capriles. El encuentro de Puerto Ayacucho confirma que el único representante legítimo venezolano es Maduro y ahonda el aislamiento del gobernador de Miranda (matizado por su visita a Chile), que sigue intentando estérilmente convertir la comunidad regional en un aliado de la oposición venezolana.
La tendencia indica que en cada reunión de mandatarios los avances son sustanciales. Es una de las pocas ventajas de una diplomacia hiperpresidencialista. En 2007, Uribe y Chávez, reunidos en Hatogrande, estuvieron muy cerca de resolver uno de los temas más espinosos en la historia de las relaciones binacionales, como ha sido la delimitación fronteriza. En ese entonces, oposición y prensa venezolanas criticaron en forma vehemente la aparente concesión otorgada por Chávez. Este tipo de sucesos hace pensar que el esquema que primará entre Maduro y Santos será el de soluciones directas a problemas concretos y el abandono definitivo de la institucionalidad diplomática bilateral. Por encima de cualquier consideración ideal y burocrática, prima la cultura política de encuentros “cara a cara”.
*Profesor U. del Rosario.