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“Vamos, que este bus nos sirve…”, me dijo mi amiga, un domingo a las 7 de la noche. Veinte minutos después se subieron dos hombres, con ropas anchas y sucias. “¡Bajándose de todo, si no quieren que les pase algo!”, dijo uno de ellos, mientras el otro abría un morral que se deshilachaba con cada sacudida.
Miré a mi amiga con pánico, mientras los ladrones pasaban el morral frente a los pasajeros de adelante. Despacio abrí mi bolso y comencé a sacar los papeles y el dinero de mi billetera. Codeé a mi amiga para que hiciera lo mismo. Seis celulares, cuatro billeteras, dos bolsos. En lo que me pareció el minuto más largo de mi vida, los dos sujetos se acercaron a nosotras. Rezaba mentalmente para que no se dieran cuenta del billete de $50.000 debajo de mi zapato.
De repente, mi amiga me dio un codazo. “Siempre he querido hacer esto”, susurró mientras cerraba los ojos y comenzaba a moverse en su asiento de adelante hacia atrás, una y otra vez, cada vez más rápido, hasta caer al pasillo del bus. Quedé fría, inmóvil en mi silla, mirando cómo se revolcaba en el suelo, sin saber qué hacer. Estaba convulsionando, ¡y yo no sabía que mi amiga era epiléptica! Levanté la mirada y vi cómo se reflejaba la misma sorpresa en la cara del ladrón, que se acercaba hacia nosotros. Miró a mi amiga, a quien le escurría saliva en forma de espuma, y luego miró a su compañero, quien se encogió de hombros. Los dos corrieron a la puerta y saltaron a la calle cuando el bus paró en un semáforo.
Mi amiga seguía en el piso convulsionando. “Si se muere, su mamá me mata”, pensé, mientras intentaba evitar que se hiciera daño con las sillas. Cuando me iba a agachar para cogerla, abrió los ojos, con la manga del saco negro se limpió la saliva y se paró como si nada. “Tranquilos todos. Estudio teatro”, les anunció al resto de pasajeros.
La quería abrazar y golpear al mismo tiempo, por casi matarme del susto. Se sentó a mi lado sonriendo, mientras los pasajeros de atrás le agradecían por haber evitado que los robaran y los de adelante reclamaban por no haberse sentado allí. Si alguna vez el público pudiera elegir los nominados a los Premios Óscar, sin dudarlo, la postularía.
* Manuela Martínez Belalcázar
* Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana.