¿De dónde proviene el Estado?

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David Ernesto Llinás Alfaro*

Propongo un ejercicio mental al lector: imagine que vive en una comunidad de unas dos mil o tres mil personas, que vive en el campo, que no vive en la modernidad industrial sino seiscientos años atrás en cualquier parte del mundo. Si quiere, ubíquese en Europa, en Japón o entre los incas. Ahora, pregúntese de qué forma tanto usted como el resto de la comunidad logran mantener el calor dentro de las casas, sobre todo durante los inviernos, cuando no existía calefacción eléctrica ni sutilezas tecnológicas diferentes a cuatro paredes, un techo y una chimenea. Pregúntese también de qué se alimenta y cómo lograría obtener el alimento, tanto para usted como para su familia.

Seguramente pensará que para sobrevivir, más en épocas de invierno, es necesario talar árboles y coleccionar leña; y que para comer debía, bien o dedicarse a la agricultura, o cazar animales del bosque, acaso las dos cosas al mismo tiempo. Pero resulta que los árboles, que transforman la luz del sol en energía, crecen lentamente; y que si se cazan demasiados venados, o muchos conejos o liebres, se corre el riesgo de poner en peligro las especies.

Entonces en la comunidad surgen reglas: no se deben talar muchos árboles porque hay que evitar la deforestación, y no se debe cazar indiscriminadamente, en cualquier tiempo, venados o liebres, patos o conejos. Si, por otro lado, su comunidad entra en una guerra con otra vecina, no pueden dañarse los bosques, ni pueden afectarse los lugares esenciales para la gente, como los molinos. Todas estas reglas existen en función de que toda la comunidad subsista y reproduzca sus condiciones de existencia.

Resulta además que su comunidad es una de tantas otras que viven en un extenso territorio, y que entre cada una de ellas hay más diferencias que aspectos en común. Cada comunidad tendría, por ejemplo, reglas de convivencia diferentes. Y pese a ello, todas tienden a reconocer como autoridad a una misma persona. Esa autoridad, desde luego, no cuenta con aviones ni trenes para moverse de un lado a otro; lo que tiene a su disposición es un caballo y a un grupo de asesores. ¿Cómo hace esa autoridad, llámele rey o príncipe si quiere, para recabar lealtades en cada comunidad de aldeanos?

Ahora ubíquese en el siglo XIX, en el XX, o mejor ahora mismo, si le parece. Ya no es tan difícil imaginarse qué hace usted para obtener el calor durante el invierno, sobre todo si vive en zonas diferentes a la intertropical. Simplemente obtiene el calor de un sistema eléctrico de calefacción, por lo que se hace menos necesaria la leña de los árboles talados. Si, por otro lado, usted quiere recorrer grandes distancias, y si la economía se lo permite, puede viajar en aviones, trenes y automóviles. Si necesita comunicarse con alguien al otro lado del océano puede hacerlo vía internet (y antes, a través de una maravilla llamada telégrafo). La manera en que la sociedad, y toda la civilización, se reproduce es a través de la quema de fósiles.

Por tanto, las autoridades pueden ir de un lugar a otro en tiempos muy cortos, y pueden dictar órdenes que llegan a los más recónditos lugares de un país en cuestión de segundos, casi a la velocidad de la luz.

Ahora bien, el libro del profesor Bernd Marquardt, Teoría Integral del Estado, que ha sido publicado este año en dos tomos por el Grupo Editorial Ibáñez y  explica la historia del Estado, e inclusive la historia del Derecho y del fenómeno constitucional, partiendo de problemáticas tan elementales como las que se acaban de señalar.

Por ejemplo, la razón por la cual usted y yo sabemos leer, podemos comunicarnos a través de la red, y usted ahora mismo pueda leer esta reseña en la página web de El Espectador, es que hubo desde 1776 hasta 1825, más o menos, un fenómeno al que el fallecido historiador Eric Hobsbawm denominó como doble revolución ilustrada e industrial. La masificación de la educación se la debemos a las revoluciones ilustradas, y las tecnologías de las comunicaciones se las debemos a la revolución industrial, que todavía no termina.

Pero hace poco más de doscientos años, el grueso de la población era analfabeta y la forma mas expedita de comunicarse era a través de los correos, cuya máxima velocidad era la del galopar de los caballos.

Este cambio que se experimentó a partir del largo siglo XIX, es una gran transformación (la expresión, y buena parte de su contenido, es de Karl Polanyi), porque los sistemas políticos y económicos existentes desde hace milenios, consolidados en civilizaciones agrarias que dependían de la energía radial del sol, se transformaron radicalmente y con una velocidad vertiginosa en sistemas políticos y económicos que dependen de energías fósiles, y esto ha afectado todas las dimensiones de la vida humana. La gran transformación está detrás de la Independencia de las trece colonias de Norteamérica, de la Revolución Francesa y de las Revoluciones Hispanoamericanas, por solo poner tres ejemplos tempranos.

A partir de todo lo anterior, el profesor Marquardt menciona, por ejemplo, que los reinos europeos del Antiguo Régimen no fueron Estados Absolutos, porque no contaban con los medios tecnológicos para imponer a la población, homogéneamente, el principio de la soberanía política. En cambio, las monarquías autocráticas europeas del Siglo XIX, que contaban con constituciones escritas, o las repúblicas neoliberales de la actualidad, son mucho más absolutistas, porque la autoridad cuenta con medios represivos eficientes para imponer decisiones políticas de forma unilateral.

Es en esta clave que los dos tomos abordan temas como las sociedades preestatales, los reinos dinásticos, el Estado judicial de la paz interna -que empieza en el Siglo XVI y se confunde con lo que otros historiadores llaman Estado absoluto-, el Estado de la primera modernidad en Asia y África del Norte, las revoluciones ilustradas e industriales en América y Europa, la transformación hacia la sociedad industrial, la irrupción del constitucionalismo, y la gran transculturación en el planeta.

La ventaja comparativa que ofrece esta obra es que abarca, literalmente, la historia mundial o universal del Estado, a partir de una metodología comparatista que el mismo autor ha venido desarrollando desde hace años, y que aplica rigurosamente en el marco del grupo de investigación que él dirige: Constitucionalismo Comparado, de la Universidad Nacional de Colombia (categoría A1 en Colciencias).

Por todo lo anterior, recomiendo sinceramente la lectura de la obra tanto al público especializado (en historia del derecho, teoría del Estado y teoría constitucional) como a cualquier persona que tenga inquietudes intelectuales sobre los temas que se han mencionado dentro del corto espacio que permite una reseña.

*Profesor de teoría e historia constitucional de la Universidad Nacional. Profesor de responsabilidad civil y del Estado en la Universidad El Bosque. @davidllinasal

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