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Esta noche quemaremos el Monigote de año viejo. En un acto simbólico y antiguo arrojamos al fuego las frustraciones de estos doce meses y, en son de vudú saludable, incineramos también los defectos que nos acompañaron en 2013.
La lista de deseos y propósitos para un año nuevo es enorme para esta columna, así que al pensar con las ganas selecciono unos cuantos:
La prioridad es que logremos la firma de la paz. Con este primer paso podríamos proseguir al desmonte de las otras fuentes de violencia, sin olvidar que su raíz está en la inequidad y en la codicia de quienes han manejado el presupuesto del Estado para su propio beneficio.
Con lo anterior podríamos pensar en una necesaria vuelta al campo en donde se module y reverse el fallido modelo neoliberal que globalizó la pobreza, concentró aún más la riqueza y cercenó la producción agrícola nacional. La China y la India cerraron sus fronteras por decenios hasta garantizar su soberanía alimentaria. ¿Y nosotros?
Los esfuerzos por legalizar la droga, una tendencia que ya sobrevuela el continente, sin duda repercutirán tanto en la disminución de la violencia como en el renacer de la agricultura en un país cuyas aguas y tierras podrían sostenernos a todos. La terminación inmediata de las —tan inútiles— fumigaciones de la coca y la disminución de la deforestación suicida de nuestras selvas serían el corolario.
Ahora que el agua se convierte en una riqueza cada vez más amenazada en el planeta, la decisión del Ministerio del Ambiente sobre el páramo de Santurbán evidenciará si los colombianos podemos privilegiar el agua que es la vida o preferimos la entelequia del oro cuya explotación enriquece más a las multinacionales que a los campesinos de la zona. Roguemos que Salomón ilumine a la ministra y recordemos la sabiduría de Facundo: «Juan Comodoro, buscando agua, encontró petróleo, se volvió rico pero se murió de sed».
Esperamos que en 2014 el país haga conciencia de que está siendo irradiado inmisericordemente por las ondas electromagnéticas, una agazapada y perniciosa contaminación. ¿Saben los colombianos que en el año 2005 el entonces Ministerio de Comunicaciones emitió la resolución 1645, donde se eximió a los operadores móviles de la medición y adecuación de sus antenas a los límites de radiación previstos en el decreto 195? Y mientras tanto, las evidencias de enfermedades causadas por las ondas son cada vez más patentes, como lo atestiguan, entre otros, las advertencias del «principio de precaución» de los organismos internacionales y los estudios locales de la Secretaría de Salud del Distrito. Los celulares, los inalámbricos, las tabletas —que el Gobierno reparte como falso símbolo de progreso y no son juguetes tan inocuos como parecen—.
Y deseo finalmente que de las cenizas del año viejo renazca mañana el empeño por la paz duradera y que renovemos la esperanza en los congéneres para no sucumbir a la amargura y la desesperanza, dos enfermedades fatales para el alma.
*Ignacio Zuleta