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Un sonido fuerte le arrebató el sueño.
Sentada en su cama se quedó quieta para entender lo que estaba sucediendo; la desgracia les había tocado a ellos ¿cómo enfrentarla? ¿Iba a pedirles la dictadura militar a sus hijos por el bien de la nación? ¿No habían parido ellas mismas la nación que reclamaban los milicos? De un brinco salió de su cama, mientras su hijo de 20 años en el otro cuarto gritaba. ¿Hacia dónde se aleja la voz de su hijo, adónde van sus gritos y su dolor? En medio de la selva otra mujer interrumpe el amasijo de las arepas y corre. El horror y la angustia no le permiten gritar; entrar a sacar a sus hijos de la casa y correr. Malnacidos quienes parieron la guerra y ahora quieren sus hijos bien paridos para que la enfrenten. Pero a mi hijo no, se repite con desespero, al mío yo lo crié, no va a cargarle fusiles a ningún matón. ¿ Dónde está? ¿Quiénes se lo devuelven? Llegó el camión hacia la escuela mijo, eche en la mochila la tortillita y no se arme bronca hoy que esos señores andan rondando las carreteras. Tome su beso. Vio de lejos la silueta de su hijo alejándose y guardó por el resto de los días esa imagen. No es que ella no tuviera la juerza pa haber educado a su hijo de otra forma, es que sentía que cada diablura que hacía luchaba contra la injusticia social y la violencia política que sabía reales, y esa sensación de que él tenía razón no la dejaba contradecirle, solo le pedía que se cuidara, que se encomendara y supiera que a la gente mala no le preocupaba matar. Le dijeron que a su hijo se lo llevaron los policías, luego dijeron que encontraron las puras cenizas, luego que eran de otros desaparecidos. Tiempo después el destino las encontró, no tenían a sus hijos aparecidos y la espera diaria de volver a verles las había llevado a los espacios públicos, las había encontrado con otras miles que tenían secas las entrañas de tanto extrañar sus hijos. Y les gritaron locas, y dijeron que eran mujeres histéricas que habían huido de sus cocinas. Pero ellas no escucharon los insultos y siguieron buscando porque el sentimiento maternal es más universal que todo el odio de las guerras del mundo. *Ángela Martin Laiton