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Dos desafíos para Bogotá

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El llamado proceso de globalización ha conducido a las ciudades —en particular a la de los países en desarrollo— a lo que algunos sociólogos llaman un dilema estratégico que se expresa en dos niveles.

En efecto, de una parte, pone a competir a las ciudades como centros de innovación y de competitividad, buscando atraer a los agentes económicos (v.g. capital y talento humano) que las ponga en la senda de inserción en la llamada sociedad del conocimiento a la vez que deben consolidarse como ciudades más incluyentes (v.g. fortaleciendo el propio talento humano) garantizando lo que el filósofo francés del siglo XX, Henry Levefvre, llamaría el Derecho a la Ciudad.  Por el otro, toda vez que los grandes centros urbanos suelen ser la punta de lanza de la consolidación de los sistemas nacionales de ciencia y tecnología —y hoy también de innovación—, la disyuntiva está entre la de beber de las fuentes del progreso técnico y científico de los principales ejes de la invención y la innovación, o de desarrollar lo que en su momento se conoció como la “tecnología apropiada”, en sus dos acepciones, pertinente para el grado de desarrollo del país, y de ser poseedores de la misma.  La opción por una u otra estrategia tendría consecuencias sobre el lugar que se ocupa en el contexto internacional, en la jerarquía que se da entre los sistemas nacionales de ciencia y tecnología que a la vez redundan en el papel que juegue la economía en la división internacional del trabajo.  La ciudad de Bogotá no ha sido ajena a estos desafíos. Ya para el año 2007, el Distrito conformaría la denominada Comisión Distrital de Ciencia Tecnología e Innovación, que buscaba trazar un plan para la ciudad con miras al año 2019 recogiendo los esfuerzos de concertación para la formulación de una política en la materia realizados en el año 2006. En el análisis llevado a cabo por la Comisión, se reconoce la importancia de avanzar en los dos propósitos buscando así resolver el primero de los dilemas: la necesidad de fortalecer el desarrollo científico-técnico de la ciudad para hacerla más competitiva, pero igualmente atender las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la población, haciendo de la ciudad un espacio de mayor equidad social, que pasa, entre otras, por el fortalecimiento de su propio talento humano.  En relación con el segundo dilema, subraya la importancia de desarrollar capacidades propias de generación de conocimiento a la vez de alimentarse del acervo del conocimiento desarrollado en otras latitudes, de manera que la ciudad, y por ende el país, vaya cerrando la brecha tecnológica y de generación de conocimiento frente a las grandes economías. El desarrollo de capacidades propias también, claro está, debe contribuir a resolver los desafíos del propio desarrollo económico, social y político de la ciudad, de la región y del país.   Paradójicamente, la dinámica de la ciudad no se acompasa con los propósitos que las distintas administraciones han formulado en este ámbito. En la última encuesta regional de innovación para la industria manufacturera para Bogotá y Cundinamarca (Cámara de Comercio de Bogotá-Universidad Javeriana, 2010), no solo se evidencia que menos de la mitad de las empresas del sector hacen algún tipo de innovación sino que además habrían pasado de representar el 49% en la primera encuesta (2005), a un 40% en esta última. Y el porcentaje de aquellas totalmente innovadoras, que desarrollan incluso innovaciones de alcance internacional, no se alteró durante el lustro, manteniéndose en un 9%. Adicionalmente, como lo señala este informe, las mayores innovaciones son de carácter adaptativo más que de creación propia, tanto en lo que concierne a los productos como a los procesos productivos mismos.   La dinámica de la hoy reconocida sociedad del conocimiento conlleva sin duda efectos perversos en lo que concierne en particular al mercado laboral. El círculo del llamado “trabajo inteligente”, factor de producción más valorizado en el espacio de las nuevas condiciones de competitividad, producto de lo que algunos autores de las ciencias sociales han denominado los procesos flexibles de acumulación, constituyen un grupo, en estricto sentido, élite, no sólo por lo cerrado que es sino también por las características exigidas para hacer parte de él. Es el trabajo de la concepción, la innovación y el diseño, y que a su vez emerge como el segmento del trabajo mayormente protegido por las empresas. Por su parte, otros sectores laborales, calificados y menos calificados, hacen parte del grado de flexibilidad que hoy impone el mercado con sus efectos sociales y laborales correspondientes.  El desafío de una ciudad como Bogotá, con altos niveles de segregación social y espacial, y en consecuencia de desigualdad social, tiene en tal sentido un doble reto, fortalecer sus procesos de innovación técnica y tecnológica que revierta en una modernización y fortalecimiento de su aparato productivo, y desarrollar programas de innovación social que permita que los frutos del progreso técnico redunden en una mayor inclusión social y del conocimiento, de manera que las oportunidades de trabajo, gracias a la conjunción de ambos aspectos permita ampliar las opciones de trabajo del talento humano de la ciudad y de la región.  Por eso, el documento de la Comisión Distrital de Ciencia y Tecnología señala la importancia de una mayor articulación entre el sector real y las universidades para alcanzar dichos propósitos, pues como lo confirma el informe de la CCB y la Universidad Javeriana, las empresas estrictamente innovadoras cuentan con un 25% de su personal con estudios de maestría y doctorado, comparado con un 13% en las demás empresas.    Jorge Bula*

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