Publicidad

Dos fotos desenfocadas

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Fidel Cano, siempre lacónico, se acercó a mi puesto en la redacción de El Espectador y me dijo sin muchas vueltas que ese viernes me invitaba a Cartagena para celebrarle los 80 años a Gabriel García Márquez.

Quedé turulato. Apenas pude darle las gracias. Ese 23 de marzo de 2007, en la tarde, asistimos a un conversatorio sobre los 120 años de El Espectador en el que participaban los escritores y periodistas Tomás Eloy Martínez, Jon Lee Anderson, José Salgar y María Teresa Ronderos. No hubo mayor tiempo para que cada uno de ellos recordara una historia suya con Gabo, pues de súbito él llegó al lugar, se apoltronó en el medio y se puso a desandar su memoria como reportero del diario. Contó ahí, por ejemplo, que en 1955 viajó a Chocó para cubrir un levantamiento popular que no existió —se lo había inventado el corresponsal de El Tiempo para facturar algo—. García Márquez se fue de casa en casa, de puerta en puerta, y convocó él la revuelta. “Viajé hasta allá y no me iba a quedar sin historia”, confesó entre carcajeos. Nos deleitó una hora con sus relatos fantásticos como periodista.

A las 9 de la noche de ese día empezó la fiesta de El Espectador en homenaje a los 80 años de Gabo. Por la terraza del hotel Santa Teresa desfilaron expresidentes, literatos, periodistas. En la mesa central estaban él, su esposa Mercedes, Tomás Eloy, Carlos Fuentes y otros más. Fidel y yo estábamos en otra mesa, lejos de los flashes, al lado de Jaime García, su hermano menor y un narrador que es algo así como su biógrafo no oficial. Gabo tomó champaña toda la noche. A prudente distancia observé absorto, mientras se nos iban las horas, al creador de Macondo y de Úrsula Iguarán —quien, como él, también se fue a mejores destinos un Jueves Santo—.

Había guardado la cámara por largo rato. Mi único propósito era conseguir una foto con él. Fidel me pidió paciencia. A punto de terminar la noche llegamos a su mesa. Gabo lo abrazó y le lanzó una sonrisa de niño chiquito. Yo llegué detrás y estiré mi mano temblorosa para saludarlo. Hubo un silencio de tres segundos que me parecieron esta vida y la otra. Fidel no habla casi nunca. Tomé la iniciativa. Le dije “maestro” y le pregunté cuándo pasaba por El Espectador. Me respondió que Bogotá le hacía mucho daño. Cruzamos dos frases más cuando alguien lo llamó y se disponía a despedirse. “¿Puedo tomarme una foto con usted?”, le pregunté con los escasos arrestos que me quedaban. El viejo sonrío, trepó su brazo izquierdo sobre mi hombro y posó feliz para la instantánea. Quedó medio torcido. Fidel apuró dos fotos. Sonó el flash. Nos despedimos y regresamos a la mesa. Le agradecí a Fidel, el director del diario, por la invitación. Mientras lo hacía, revisé las fotos y, decepcionado, le solté mi amargura sin rodeos: “…Pero, Fidel, quedaron desenfocadas”.

Juan David Laverde *  Editor Judicial de ‘El Espectador’

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido