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Con ocasión del terremoto del 31 de marzo de 1983 en Popayán, en la búsqueda de recursos para la reconstrucción de la ciudad, días después de la tragedia el clavecinista Rafael Puyana ofreció un concierto en el teatro Colón de Bogotá.
Para colaborar pero también para disfrutar a Puyana, asistí con mi mujer. En el gran vestíbulo del antiguo coliseo Ramírez, la gente estaba literalmente pegada a la pared, como para no molestar, y en el centro de ese espacio hablaban Gabo y Belisario Betancur con sus esposas, Mercedes Barcha y Rosa Helena Álvarez. Yo, que nunca había visto personalmente a García Márquez, le dije entusiasmado a Isabel: “¡Mira quién está ahí! Voy a saludar al Nobel”, y me lancé. Ubicado a espaldas de Gabo mientras el presidente me miraba con curiosidad, le susurré: “Gaaabo”. Entonces éste giró y me miró como escrutándome, a la manera de un mudo “quién eres, quién eres”.
Miré fijamente al hijo del telegrafista de Aracataca y le dije, estrechándole la mano: “Yo soy un ferviente admirador tuyo que lee cuanto escribes, y vengo a contarte una pequeña historia como la de tu Presagio”. “¿Y cuál es esa historia?”. “Que esta noche, cuando regresemos con mi mujer a la casa, les contaremos a nuestros hijos que hoy saludamos al único Premio Nobel de Literatura a quien siento que puedo tutear sin que se moleste”. Y anotó: “De eso puedes estar absolutamente seguro, con toda tranquilidad”. En seguida, mi mujer ya se acercó y saludamos al grupo, en medio de una expresión de condescendencia por parte de Belisario.
Unos ocho años después, en la entrada de Cromos, en la calle 70 A con Séptima, vi llegar a Gabo. Él me miraba, diciendo que me conocía pero no recordaba quién era yo, como paladeando sus recuerdos. Le refresqué el episodio del Colón y soltó un “¡Carajo, claro, ese hecho no se me olvidará jamás!”. Al preguntarle qué hacía por esos lados, supe que el director de la revista lo esperaba y procedí a acompañarlo ante la recepcionista, Silvia, quien algo turbada nos explicó que debía anunciarlo previamente, pero yo le dije que no, que Gabo entraba de inmediato y que yo respondía. Abrí la puerta de la oficina de Julio Andrés Camacho y le dije: “Vea, jefe, lo que le traigo”. Cerré, y nunca más volví a ver a Gabo personalmente.
Por aquella época, le planteé con insistencia a Eligio García Márquez, ‘Yiyo’, que me recomendara ante su hermano para vincularme a su círculo de trabajo, así fuera cargándole la maleta, que poco a poco quizá yo participaría en la revisión de sus textos macondianos y disfrutaría de su mundo. Pero al poco tiempo murió el hermano menor del maestro del realismo mágico que hoy nos deja con la certidumbre de que, gracias a su productiva y aleccionadora existencia, nuestro entorno espiritual y cultural fue lo que es, y eso nos hace menos pobres, así estemos tristes, muy tristes.
La galería de la mamá grande, los Buendía, el coronel a quien no le escriben, la abuela desalmada, el otoñal patriarca caribeño de Gabo, y unos cándidos e increíbles personajes delinearon el carácter literario que nos ronda y nos identifica: todo un reto para quienes mediante la palabra ejercen su libertad.
Mario Méndez **Sociólogo de la Universidad Nacional.