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En 1870, Leopold von Sacher-Masoch escribió La Venus de las pieles, una de las novelas que más han causado polémica desde su publicación.
Con su historia, el autor reflexiona sobre el narcisismo, el dominio, la sumisión sexual, el amor como un juego de poder y como un sentimiento ligado al sufrimiento. No sólo emocional, también físico. Un sufrimiento que es placer. Se dice que la palabra “masoquismo” deriva del nombre de Sacher-Masoch. Sin duda, por esta novela.
Como buena historia del siglo XIX, hay un manuscrito, y en ese manuscrito (una fantasía de pieles y lujos que nace de una pintura de Tiziano) aparece la mítica figura de Venus, esta vez encarnada en un cuerpo de mujer que obliga a Severin, el protagonista, a ser su esclavo. “Severin, Severin”, canta Lou Reed en la canción homónima de Velvet Underground.
Retomando el legado del Marqués de Sade, Sacher-Masoch escribe sobre el dolor del amor y el amor al dolor. En esta novela, extrañamente romántica —característica también muy decimonónica— y sutilmente pornográfica, la pasión es laceración. Extraños destellos de feminismo emergen precozmente de sus líneas, aunque a veces no se sientan como tales; a veces parecen más una condena que una alabanza de la mujer dominatriz. Y uno duda mucho más de ese soñado feminismo transgresor si se tiene en cuenta que la novela hace parte de una serie titulada El legado de Caín, cuya primera parte, El paseante, es un manifiesto plagado de misoginia —una misoginia que se volvió recurrente en la obra de Sacher-Masoch—.
Algo sí es claro: en La Venus la diferencia se subraya. El hombre y la mujer allí no son lo mismo, y mientras así sea, ganará aquel que tenga el poder sobre el otro. “La moraleja es que, tal como la naturaleza la ha creado y como el hombre en la actualidad la trata, la mujer es enemiga del hombre, pudiendo ser su esclava o su déspota, pero jamás su compañera. Sólo cuando el nacimiento haya igualado a la mujer con el hombre, mediante la educación y el trabajo; cuando, como él, pueda mantener sus derechos, podrá ser su compañera”.
Esas palabras están ausentes en la adaptación de Fabio Rubiano, porque él parte, en realidad, del guión de David Ives, quien en 2010 trasladó la historia a la moderna Nueva York.
De la misma adaptación partió Polanski para filmar una película estrenada en 2013, antecedida por la adaptación del 67, las dos del 69, la del 85 y la del 95: la historia de Wanda y Severin ha sido llevada al cine muchas veces.
El logro de Rubiano es hacer de la obra de Ives —y de la historia de Sacher-Masoch— una obra bogotana, llena de humor, de nuestro humor, y de detalles con los que este público logra identificarse sin sentir que todo comenzó en el lejano (en el tiempo y el espacio) Imperio austro-húngaro.
Sara Malagón *