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En el último Consejo Europeo se ha discutido, entre otros puntos, la situación económica de la Eurozona, que se encuentra estancada.
Una reunión de la que no han salido medidas nuevas a pesar de que los debates son intensos.
La Eurozona no creció en el segundo trimestre del año y lo hará probablemente una décima en el tercero, mientras que los institutos y el gobierno alemán están revisando las previsiones para el año que viene a la baja. Ya sabíamos que la recuperación iba a ser lenta, y, sin embargo, no faltan motivos de preocupación.
En primer lugar, la falta de crecimiento está afectando ahora a los grandes países de la zona, mientras que España, Irlanda e incluso Portugal están recuperándose más rápido que los países centrales. En cierto modo, hemos pasado de una crisis de deuda en la periferia a una crisis de crecimiento en toda la Eurozona.
En segundo lugar, la inflación, actualmente en el 0,3%, sigue siendo muy reducida y un nivel tan bajo dificulta los ajustes de precios relativos entre países y nos deja peligrosamente cerca de la deflación. Por último, y esto es importante, el consenso entre los grandes países sobre la estrategia a seguir parece que se está perdiendo.
Y esto nos lleva al centro del debate actual, que enmarcó muy claramente Mario Draghi en su discurso en Jackson Hole este verano, cuando habló de una triple estrategia de acomodación monetaria, reformas estructurales y, lo que resulta más controvertido, la utilización de la política fiscal “en aquellos países donde haya margen para ello”, en clara referencia a Alemania. Pero Alemania no quiere expandir su economía y desea un ritmo de consolidación fiscal en Francia e Italia más rápido de lo que éstos están dispuestos a hacer.
Todo hace pensar que el Consejo no está maduro para tomar decisiones importantes. La estrategia europea va a ser probablemente la de esperar a ver cómo reaccionan los datos y, sólo si la situación se deteriora a finales de año, tomar alguna medida adicional.