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La comunidad internacional se equivoca al armar al Ejército Sirio de Liberación. Existe un consenso global con un propósito loable: frenar la violencia que ya cobra la vida de más de 100.000 personas, una cifra escandalosa desde cualquier punto de vista.
No obstante, apoyar directamente a la insurgencia siria implica incurrir en contradicciones, especialmente respecto al avance en materia de la mal llamada humanización de la guerra. El derecho internacional humanitario busca regular los conflictos con dos objetivos concretos: limitar el uso de la violencia para evitar excesos en su uso (Convenios de Ginebra de 1949) y la protección de los civiles (protocolos adicionales de 1977).
Para el caso de Siria, este apoyo de Europa y EE.UU. aumenta las posibilidades de que el conflicto se degrade y, con ello, que la población desprotegida sea sometida al control de los violentos. Mientras la idea con algunas de las tragedias humanitarias de la talla de Ruanda, Srebrenica, Gaza y Darfur ha consistido en evitar nuevos episodios del mismo corte, con esta decisión se pretende debilitar al régimen, antes que proteger a la población siria.
El éxodo de miles de sirios al Líbano ya ha provocado una crisis humanitaria que con esta decisión tenderá a empeorar porque el significado es claro: Siria pasa de un conflicto en el que el Estado guarda algún margen y éste puede ser sometido a la presión internacional, a una guerra civil sin ninguna posibilidad de control. Escenario catastrófico como el que se produjo en los Balcanes Occidentales, tras al desmembramiento de la entonces Yugoslavia.
Para nadie es un secreto que Siria es hoy escenario de una guerra fría entre potencias y líderes regionales. EE.UU., Francia, Rusia e Irán tratan de capitalizar la tragedia, mientras la institucionalidad regional intenta, en vano, encontrar una salida prolongada a años de violencia. El anuncio de Moscú de reforzar la batería aérea siria (misiles S-300) para reducir sus vulnerabilidades, es una muestra inapelable de dicha confrontación indirecta. La pregunta es sencilla: si las rivalidades existen entre dichas naciones, ¿por qué se resuelven en Siria?
Irán y Hizbolá siguen ganando terreno político y militar, y han incidido en el mantenimiento de Al Asad. El papel determinante de la milicia chiita en la reciente batalla de Qoussair es testimonio de ello. Hizbolá ha sido vital para reprimir a los rebeles y alterar la correlación de fuerzas a favor de Damasco.
El conflicto se degrada y la guerra civil se perfila como una de las grandes tragedias de comienzos de siglo. Por ende, esta decisión de Europa y de EE.UU. tendrá un costo humanitario que pocos imaginan.
Mauricio Jaramillo Jassir*