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Ahora que se ha puesto sobre el tapete la recomendación de la ONU de eliminar en nuestro país la odiosa clasificación de la población por estratos socioeconómicos, por considerarla una política discriminatoria y que, de muchas maneras, estigmatiza y rotula a las personas, he regresado a un concepto que en nuestra institución, el Colegio del Cuerpo de Cartagena (eCdC), ha hecho carrera y se ha convertido prácticamente en el lema de nuestro quehacer: el “estrato T”.
Para nadie es un secreto que Cartagena de Indias es una de las ciudades más excluyentes y desgarradas del país. Los contrastes entre opulencia y miseria, banalidad y drama social, jet set y lumpen son aberrantes, por no decir que obscenos.
Ante la insistente pregunta de muchas personas e instituciones sobre el estrato socioeconómico al que pertenecen nuestros alumnos, decidimos acuñar esa respuesta que, insisto, se ha convertido en el eslogan de eCdC: son muchachos estrato talento. El sistema de cuasicastas de la estratificación ha llevado a la gente no sólo a autoclasificarse y autodiscriminarse, sino a considerar que esta clasificación hace parte de una condición natural, prácticamente inamovible. Con frecuencia escuchamos decir “yo soy estrato tal” y no “yo vivo en un sector estrato tal”. Por ello en eCdC también enfatizamos en que nuestros alumnos entiendan la diferencia que existe, en la lengua española, entre el verbo ser y estar: yo soy pobre vs. yo estoy pobre: yo soy estrato tal vs. yo estoy (en el) estrato tal… Mi situación pude cambiar: a través de mi trabajo, mi dedicación y mi talento puedo romper con el estigma de la pobreza para pasar a percibirlo como un “estado” que puede ser temporal… Modificable.
Esta reflexión nos ha llevado también a replantear y a redefinir lo que comúnmente se entiende por “talento”: la capacidad, habilidad o predisposición especial hacia algo. Nosotros, a través de nuestra praxis pedagógica de casi 17 años, hemos comprendido que más que “aptitud”, el talento es sobre todo “actitud”: compromiso, fuego, clarividencia y mucho tiene que ver con el asumir, de manera gozosa y disciplinada, una vocación y un don que nos han sido revelados.
En este orden de ideas, el talento puede ser el antídoto del estrato, la llave que abre las puertas de la marginación y la exclusión… En el terreno del arte —y de los deportes— sí que vemos con mucha frecuencia cómo el talento, bien orientado y cultivado, puede convertirse en un arma muy potente para derrotar el determinismo y el fatalismo al que puede condenarnos nacer en un lugar, en una clase social o en un grupo étnico o racial.
Cómo no pensar, en estos días de posfútbol, en los muchachos de nuestra selección… Todos ellos estrato T. Seguramente algunos, si no hubieran encontrado quien los detectara, quien los orientara, quien los pariera, harían parte hoy de esos otros “equipos o colectivos” con los que estamos intentando ahora mismo hacer la paz. No serían los jóvenes luminosos que nos llenaron de orgullo durante las pasadas semanas.
Nuestro Gabo, hoy ausente pero omnipresente, es sin duda el mejor y más grande ejemplo de lo que estoy hablando. El hijo del telegrafista del pueblo quizás más olvidado de la mano de Dios, a punta de trabajo y talento puro y duro nos regaló la fórmula de la plenitud y de la muerte, para siempre, de la noción de estrato: “el secreto de una vida larga y feliz es trabajar en lo que a uno le gusta y sólo en eso”.
*Álvaro Restrepo