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El Joe Louis del Parlamento

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El exiguo interés de lo que se discute canaliza la atención de los honorables representantes, hacia cuestiones ajenas al ajetreo parlamentario.

Algunos ríen sin reatos del último chiste de la calle; otros comentan –regocijadamente- la parvedad lexicográfica de algún colega, que no podrá jamás depositar sobre un sillón de la academia la humanidad que hoy acaricia la pródiga constitucionalidad de una curul; y los más, se enfrascan en la lectura minuciosa del periódico, cuando no les reclama su nutrición un plato de salchichas en el húmedo restaurante del recinto.

Súbitamente, el graderío desierto de las barras se viste de la agresividad irrespetuosa de los comunistas. Los acordes de la Internacional sofocan el grito renovado de la campanilla, que inciensa el aire de presidenciales sonidos. Y todas las miradas convergen hacia una mancha de sombra que gesticula bravamente, junto a la indiscreción circular e irresponsable del micrófono. ¿Qué ha sucedido? Casi nada, estimados lectores. Simplemente que el representante Diego Luis Córdoba se ha apoderado una vez más de la palabra.

La brava tierra chocoana –señera competidora de Rusia, en los mercados del platino- le querella también el fervor revolucionario de sus ideas, a través de la figura recia, mineral y demagógica de Diego Luis. Su calcinada estampa transpira copiosamente la encendida protesta moscovita, y su sarcasmo se estrella contra la zona ministerial del recinto, después de acariciarle la morbidez aerodinámica del labio.

La barras rubrican estruendosamente cada periodo del ironista, y gritos de entusiasmo, rijosas exclamaciones que vapulan a su adversario ocasional, caen desde el jacarandoso graderío perpendicularmente al recinto. Diego Luis se adorna, entonces con imágenes más cáusticas, más incisivas y más crueles, y responde a la simpatía creciente de sus admiradores con el blanco paréntesis de su sonrisa. Si hubiéramos de juzgar la actual legislatura por la reacción emotiva de las barras, tendríamos que convenir que el representante Córdoba es el Joe Louis del Parlamento colombiano. Porque él nació para la controversia, y los sofismas le fluyen espontáneamente de la boca sarcástica y mordaz.

En sesiones pasadas, cuando el brazo pugnaz de Diego Luis persignaba el recinto -amortajado aún entre la blanca cárcel de un pañuelo- nosotros experimentábamos la fugaz sensación de que se estaba despidiendo. Bien pronto, esta ingenua creencia se nos marchitaba, ante la roja euforia de las barras, que vivaban sin tregua las cláusulas corrosivas y amargas del tribuno.

Al representante Córdoba no puede negársele el talento. No obstante, lo dilapida sin reservas, a través de un humorismo populachero y chabacano. Es una lástima –porque si la admiración que por él sentimos no nos lo vedara- pudiéramos creer que ese claro talento únicamente le ha servido para vivir de luto por el humorismo, que se le suicida todas las tardes –en la Cámara de Representantes- sobre el filo agresivo de su impecable dentadura.

*Lucas caballero ‘Klim’

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