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No salgo del asombro por la goleada 7-1 que la selección alemana le propinó al local Brasil en las semifinales del Mundial de Fútbol.
Fue un resultado histórico, que supera al recordado Maracanazo y que convierte a este partido en la más grande vergüenza que haya vivido alguna vez el flamante pentacampeón del mundo.
Porque no es nada común que en esa instancia del Mundial se presente tal diferencia de goles entre los dos equipos con más tradición futbolística del planeta. Se trata de algo más que un resultado adverso; es un hecho humillante y que marcará por siempre la rica historia deportiva de los anfitriones.
Brasil quiso plantear un partido similar al que hizo contra la selección de Colombia y, apoyándose en el juego fuerte, buscó llevarse al rival por delante. Alemania, en cambio optó por hacer un equipo corto, que jugó a un toque y que conmocionó a los brasileños con el gol de Thomas Müller en el minuto 11. El segundo tanto del partido, anotado por Miroslav Klose en el minuto 23, liquidó completamente a Brasil, que cayó de rodillas y no tuvo la inteligencia para volver a levantarse.
De ahí para adelante el partido estuvo de más. Los goles de Toni Kroos, Sami Khedira y André Schürrle fueron el colofón de un juego que se decidió muy temprano, porque aunque Brasil trató de jugar siempre, chocó contra Neuer. Alemania, en cambio, nos dio una lección de fútbol puro y honesto. Un fútbol con un estilo que va más allá de los reclamos de sus jugadores históricos, esos que decían que no estaban siendo fieles a su tradición.
Los anfitriones cayeron por su propio peso ante un rival que desnudó todas sus falencias. Alemania le dio a Brasil una lección histórica que los castiga por haberse apartado de sus raíces. Esta selección alemana apeló a lo que jugaba Brasil en el pasado y tomó el relevo de lo que fue España en el Mundial anterior. Eso sí, fue una versión mejorada y mucho más contundente.