Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Le debemos a Anton Van Leeuwenhoek el descubrimiento de la vida microscópica. Leeuwenhoek era un comerciante de tela holandés que fabricaba sus propios microscopios con lentes de su taller y examinaba —más por curiosidad infantil que por interés científico— cualquier cosa que pudiera poner en un portaobjetos. Así descubrió un mundo completamente nuevo, escondido bajo la superficie de otro mundo más ordinario.
Ser el primero en usar un microscopio lo puso en una situación ventajosa en la comunidad científica porque todos los días se topaba con algo que nadie había visto. Pero la existencia de los espermatozoides es quizá el hallazgo más sorprendente. Imaginen la situación del descubrimiento. Leeuwenhoek estaba fascinado por los prodigios que encontraba cada vez que enfocaba un lente y, luego de descubrir microbios y “animales” diminutos, un buen día de finales del siglo XVII pensó que era buena idea darle un uso inusual a su microscopio: “¿Y por qué no examino mi esperma, a ver qué encuentro?”. Ahora imaginen el sobresalto cuando vio un océano de bichos, diminutos renacuajos cabezones, que chocaban sus cabezas entre sí como calamares desorientados. Imaginen el terror de Leeuwenhoek cuando supo que esos bichos salieron de su… bueno, ustedes saben.
Admito que cuando cuento esta historia para amenizar matrimonios, bautizos o reuniones familiares, me mueve más el morbo que el interés científico. Siempre tiendo a pensar en los detalles del descubrimiento: ¿Cómo puso su esperma en la laminilla del microscopio? Como hacerse la paja encima de un portaobjetos no era muy bien visto en la época, Jules Howard cuenta que muy probablemente Leeuwenhoek obtuvo el fluido espermático “del interior de su santa esposa tras el débito matrimonial”. Así no resquebrajó mucho el decoro y el buen gusto.
Yo me permito dudar de la historia oficial. Para empezar, que el interés de Leeuwenhoek estuviera centrado en lo que podía ver en su semen —y no en las cosas sucias que debería haber hecho con su esposa— no habla muy bien de su vida conyugal. Sólo un hombre desocupado, entregado por entero a la masturbación —quizá el lecho matrimonial estaba acumulando polvo desde hacía meses— podría haber practicado semejante experimento.
Lo cierto es que la paja nos condujo a una de las mayores revelaciones de la historia de la ciencia: el origen de los seres humanos. Gracias a las parafilias de Leeuwenhoek descubrimos cómo fueron concebidos nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos y nosotros. Hoy nos parece obvio, pero durante años la concepción debió de ser el mayor misterio de todos. Algunos seguramente intuyeron que el sexo tenía algo que ver, pero como no siempre que se copulaba aparecía un retoño, no había ninguna razón de peso para pensar que los hijos eran producto del tradicional “mete-saca”. Quizá a eso se deba que el mito de la concepción divina (el embarazo sin influencia de la cópula) sea común en las culturas y religiones antiguas. En el fondo, que la gente crea que Jesús fue hijo de una mujer virgen no es un hecho sorprendente.
Me gusta esta anécdota porque ilustra un rasgo fascinante de la ciencia: el momento en que un descubrimiento pulveriza nuestras creencias más arraigadas; aquellas que por el poder de la costumbre, y por las limitaciones de nuestras capacidades cognitivas, parecen incrustadas en nuestras células. Son ideas tan obvias para nosotros como el instante presente. Que los descubrimientos científicos disuelvan esas concepciones como algodón en agua es como ir tranquilo por la vida y que el cielo se caiga a pedazos. Seguramente eso les ocurrió a las personas de la época de Leeuwenhoek. La concepción todavía tenía cierto aire de milagro, cierto aire de regalo divino, era un obsequio de Dios. (Todavía muchas personas lo ven así: Dios pone los hijos en el vientre materno y les insufla el alma). Luego vino Leeuwenhoek y ¡Pum! Descubrieron de golpe que un renacuajo, sobreviviente entre millones de otros renacuajos muertos, se fusionaba con el óvulo para formar un feto.
Cuando uno mira la historia de la ciencia cae en la cuenta de que lo que hoy nos parecen ideas fáciles de asimilar —porque se enseñan en nuestras escuelas y universidades—, chamuscaban las neuronas de la gente hace unos siglos. Hoy nos estrujamos los sesos intentando imaginar más de tres dimensiones —¡La teoría de cuerdas dice que hay 11, contando el tiempo!—, pero una idea tan cercana como el heliocentrismo debió de producir los mismos calambres mentales en épocas de Copérnico. ¿Cómo es que la tierra gira alrededor del sol si el sol sale por un lado en la mañana y se esconde por el otro al atardecer?… Pero esas son cuestiones menores. Leeuwenhoek inauguró el estudio sobre el sexo —aunque hay precursores como Aristóteles— y todos los descubrimientos que vinieron después causaron asombro, estupor y vergüenza.