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Hace siete años el padre Javier de Nicoló, ya octogenario pero aún lúcido y dinámico, dispuso El Oasis, un hogar de paso de IDIPRON, para que en convenio con la Secretaría de Integración Social, se atendiera allí a adultos habitantes de calle.
Por: Alberto López de Mesa*
Este servicio llego a ser muy famoso entre la población callejera por varias cualidades que lo diferenciaban de los otros centros: no era una bodega o un galpón adaptado, sino un espacio diseñado ex profeso para dicha atención, así la iluminación, la ventilación, el organigrama espacial fue concebido para la dignificación de los ciudadanos de las calles. Por cierto allí acudían callejeros de verdad, que llegaban con su cuchillo, su dosis, su pipa, sus fósforos y demás elementos pertinentes para sobrevivir en el ruedo, a sabiendas de que allí le guardaban sus implementos y se los devolvían a la salida.
Los ñeros propios madrugaban para alcanzar un cupo en El Oasis, porque allí obtenían lavandería todos los días, roperos, baños aseados, buena y abundante alimentación, canchas de microfútbol y basquetbol, juegos de mesa, televisor, atención estricta pero digna y respetuosa, porque la impartían profesionales librepensadores y jóvenes operadores que alguna vez también habían vivido en las calles.
De todos estos beneficios, sin duda, el que más contribuía a la resignificación desde el respeto a dichos usuarios, eran los talleres. De un lado porque se expresaban los saberes y talentos, pero además porque efectivamente salían de El Oasis con un plante, un producto que podían vender y con eso resolverse las necesidades básicas, el vicio, la comida y la vivienda. Esto, para la mentalidad claretiana, de la que tanto denigro, era una alcahuetería, cuando en realidad era una acción directa para lo que hoy se conoce como procesos para la “reducción del daño”.
Pero lo bueno para los pobres nunca perdura. Se acabó el convenio y los adultos habitantes de calle, sin protestar, perdieron un patrimonio que les había legado el salesiano Javier de Nicoló.
El Oasis continúa para jóvenes que es lo misional de IDIPRON. Su coordinador sigue siendo un experto en el tema, Carlos Alfonso Lara, por lo mismo la calidad de atención, en lo conceptual, en los servicios que presta a todos los niveles, se destaca sobre los otros centros del distrito, y más ahora que lo dotaron de dormitorios para cien participantes y cualificaron la biblioteca. Ojalá inviertan en computadores, en talleres artísticos y en dinámicas de participación. Si lo hacen, seguramente será el único centro en Colombia encaminado a la verdadera cualificación incluyente y sostenible de los habitantes de calle.
*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle