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Colombia no puede perder la mejor oportunidad de su historia para lograr la paz. Y eso es lo que podría ocurrir si el extendido pesimismo que hoy existe entre la opinión pública termina por conducir a la tentación de creer que la paz se puede lograr por la vía militar. Esta alternativa es poco factible e implicaría un enorme costo humano.
El pesimismo frente al proceso de paz, según la última encuesta de Gallup de junio 2015, ha llegado a niveles sin precedente. Por primera vez desde abril 2003, es mayor el número de encuestados que considera que la mejor opción para solucionar el conflicto es tratar de derrotar a la guerrilla y no de negociar con ella. Solo el 33% de los encuestados cree que se llegará a un acuerdo de paz, el nivel más bajo de optimismo desde que se iniciaron los diálogos.
Esta falta de esperanza se explica por el escalamiento del conflicto en las últimas semanas. Para mucha gente es difícil entender que mientras en La Habana se habla de paz, aquí se vuelen oleoductos y mueran docenas de guerrilleros y militares en combate.
Por entendible que sea el pesimismo, sus actuales niveles desconocen el progreso logrado y la realidad de la situación de seguridad. Ningún proceso con las Farc-ep, desde cuando se empezó a negociar con ellas, hace 33 años, había avanzado tanto. Por primera vez se han logrado acuerdos en materia de los problemas del campo, de una participación política más amplia y del manejo de las drogas ilícitas. Y están muy cerca de encontrarse en la respuesta a las víctimas. Lo pactado en La Habana muestra caminos prácticos para que el Estado civil, no solo la Fuerza Pública, llegue a las comunidades donde nunca ha hecho presencia. Esto es un cambio muy grande frente al pasado.
Más allá de lo acordado, y a pesar de los terribles ataques recientes, el proceso ya ha tenido un impacto, disminuyendo de forma significativa los secuestros, el desplazamiento, y el número de combatientes y civiles muertos y heridos.
Estos avances se perderán si el pesimismo se impone y se intenta conseguir la paz con más guerra. ¿Qué tan factible es conseguir la paz por la vía militar y, si lo fuera, a qué costo? ¿Cómo se comparan los costos de continuar la guerra con los de seguir con el proceso de paz?
Según un análisis de Jorge Restrepo (CERAC) del 2009, la estrategia militar con la que se buscaba derrotar a las guerrillas llegó a un punto de estancamiento unos años antes. La presión militar del Estado logró ‘marginalizar’ el conflicto geográfica y económicamente. Pero no logró la derrota de los grupos armados, aunque condujo a su reacomodo.
La diferencia de costos en términos de tiempo, de sufrimiento humano y económicos de una salida negociada con los de una salida militar es moralmente inasumible.
Según el recién publicado informe del Instituto para la Paz y la Economía, Colombia está entre los nueve países en el mundo que más gastan en contención de violencia. Esto incluye no solo lo invertido en la Fuerza Pública, si no también los gastos relacionados con la atención a las víctimas del conflicto y otros costos asociados. Colombia está gastando 18% de su PIB en contención de la violencia, mientras Brasil gasta el 8% y Chile el 5%.
¿Cuánto más tendrá que gastar Colombia para llegar a una solución por la vía de las armas? ¿Y cuánto podría ahorrar si se lograra una solución negociada? Si Colombia pudiera invertir la mitad de lo que gasta ahora en contención de violencia en infraestructura, en programas sociales, en medio ambiente y educación no habría otro país igual en la región.
Sabemos que es difícil tener esperanza cuando el proceso no produce avances suficientes para nutrir la confianza de un público escéptico y cuando no se logra volver a implementar medidas para desescalar el conflicto. Pero esperamos que un país que ha tenido tanta paciencia con el conflicto armado y para tolerar sus costos, logre tener algo más de paciencia con el proceso de paz. ¿Acaso seguir con los esfuerzos de paz por uno o dos años más es perder el tiempo, mientras que condenar el país a otra década o más de guerra sí es aceptable?
Lo irónico es que la mayoría de las voces que claman por una solución armada no vienen de las comunidades más golpeadas por el conflicto. Al recorrer en las últimas semanas las zonas más afectadas por el aumento en ataques lo que escuchamos sigue siendo lo que las víctimas, en su mayoría, siempre nos han dicho: que las partes no se levanten de la mesa hasta llegar a un acuerdo.
En un reciente foro financiero, el presidente Santos enfatizó que el pesimismo es la ‘criptonita’ de la economía. Lo mismo vale para el proceso de paz. Lograr la paz es posible, pero, como dijo el secretario general de las Naciones Unidas, requiere que los colombianos pongan este objetivo por encima de todos los demás. En las circunstancias actuales, eso significa no permitir que el anhelo de paz sea envenenado por la ‘criptonita’ del pesimismo.
* Coordinador Residente de Naciones Unidas en Colombia