El retorno a la confianza

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Por Nicolás Guillot

“¡Hola a todos! Soy Santiago, del sexto piso. En momentos como este, considero vital apoyarnos y estar en comunicación entre nosotros. Para conectarnos virtualmente, los invito a unirse al siguiente enlace de Whatsapp”, reza un papel manuscrito tamaño carta pegado en el ascensor.

Llevaba días sin usarlo por aquello de los botones, el coronavirus, las recomendaciones, ya saben… Además, con 20 días de encierro en perspectiva, subir por las escaleras no solo se ha vuelto un acto de autocuidado, sino un lujo.

Le pregunté al portero de turno si la gente del edificio se estaba adhiriendo a la iniciativa, de inmediato abrió su libreta y empezó a enunciarme los apartamentos que habían dejado su número de celular: “701, 702…”.

Para cada uno de ellos pregunté quién vivía ahí. No sabía o no recordaba. Estoy seguro de que una gran mayoría se encuentra en la misma situación. No nos conocemos o, más bien, no nos reconocemos del todo.

Sin COVID-19 probablemente más de uno no habría dejado su número de celular o, en todo caso, al menos lo habría pensado dos veces.

Tal vez lo único que le podemos agradecer al coronavirus sea eso: que haya despertado —¿nuevamente?— ese interés genuino por el otro, esas ganas de ayudarlo, que haya estimulado el retorno a la confianza.

El jueves pasado, antes del inicio del simulacro de cuarentena en Bogotá, dos porteros estaban en cambio de turno en el edificio. Les pregunté si algún adulto mayor vivía en él sin compañía, me respondieron que sí. Les pedí que me comunicaran por citófono con doña Carmen —así se llama—; le dije a ella que si necesitaba algo me llamara y le di mi número de celular. Días más tarde, me la encontré por la mañana en portería, no sabía quién era yo. El portero le recordó que yo le había dado el número de celular por cualquier cosa. Se acercó un poco a mí, me agradeció y me dijo: “¿Sabe por qué lo anoté en la A en mi libreta?”. Le contesté que no. Enseguida agregó: “Porque es la A de amigo”.

Hace poco más de un año asistí a una conferencia de la investigadora Julianne Holt-Lunstad, del departamento de Psicología de la Universidad Brigham Young, en Estados Unidos. Recuerdo que terminó su intervención relatando una anécdota. Hacía poco había estado de vacaciones en la isla de Cerdeña (Italia). Mientras caminaba, un detalle llamó su atención: una llave insertada en la chapa de la puerta de entrada a una casa. Decidió preguntarle a la señora que habitaba ahí la razón por la cual dejaba la llave así, a lo que la señora respondió: “Nuestros vecinos pueden necesitar algo”.

El COVID-19 nos está enseñando lo valioso que puede ser dejar las llaves pegadas en la chapa de nuestra puerta.

Gracias, Santiago, por tu iniciativa.

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