Enseñar a debatir según Uribe

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A raíz de uno de los últimos tweet del expresidente Álvaro Uribe Vélez, donde expresa “He criticado a algunos profesores porque no enseñan a debatir, enseñan a insultar. Siempre he contestado con respeto y argumentos.”, se ha generado con toda razón un rechazo nacional de la Federación Colombiana de Educadores-FECODE y de muchos profesores del sector privado, al igual que profesores universitarios que exigen trato digno y muchísimo respeto a una de las profesiones más históricas y relevantes de la sociedad, ser maestro.

Ser maestro significa, saber ser. Es decir, ser portador de experiencias de educación para transferir las mejores formas saber convivir en un país que vive aún en el odio, el conflicto y la polarización. Ser maestro significa, ser un sujeto especial a quien la sociedad le ha encomendado formar los niños-as y jóvenes, entre otras cosas, para saber argumentar respetuosamente en medio de la diversidad política. Ello implica, pensar en la ciudadanía y  movilizar  todo el capital cultural que la sociedad demanda en las actuaciones cotidianas y específicas en donde la población exige derechos básicos económicos, en salud, laborales y educativos entre otros, pero menos el derecho a saber pensar.

Mundialmente un maestro, por su labor formativa es catalogado como un ilustrado que merece por su propia condición respetarse, enaltecerse y referirse a él con una alta dignidad. No solo porque, literalmente significa un honor para quien enseña más, con mayor maestría, sino porque todos pasamos por las manos laboriosas de los maestros-as y ganamos con esa experiencia saber más ampliamente, del mundo, de las matemáticas, del lenguaje o de las ciencias.

Es cierto, el país no requiere tantas cátedras inoficiosas o dogmáticas, requiere más cátedras que nos enseñen a razonar, a pensar, a hurgar sobre lo dicho o propuesto, a encontrar a profundidad la verdad auténtica y esto implica saber argumentar, saber defender las posturas e ideas en un debate.

¿Por qué no se enseña a pensar? pareciera que esta dificultad tan compleja puede tener responsables en las diferentes facultades en las universidades, en los profesores de la básica,  en el mismo fracasado sistema educativo o en todos ellos. Aquí subyace el problema de la calidad educativa, el problema de la formación profesoral, de la equidad escolar, de una cierta renovación educativa pendiente o acaso la urgente necesidad de revisar los propósitos de la educación colombiana. En este último aspecto, poco les ha interesado a los últimos  gobiernos nacionales trazar políticas públicas educativas para ser verdaderamente una sociedad más educada en la intelectualidad, en la lectura crítica, en la innovación o el poder transformador de las ciencias humanas. 

En Colombia, aprender a discernir a partir de la inferencia, del análisis, de la interpretación, la proposición y de la investigación es un privilegio de pocos. Según un informe de 2016 de la Red de Lectura y Escritura en Educación Superior, que lideró la Universidad de La Sabana, se afirma que los estudiantes de primer año en la universidad no saben escribir un ensayo, tienen mala ortografía y carecen de competencias en comprensión de lectura. Esto, solo es, una muestra de la debilidad del sistema educativo que esta sobre diagnosticado y que pide a gritos una gran restructuración conceptual, pedagógica y metodológica a partir de una constituyente educativa que reorganice los objetivos generales de la educación y trace un devenir de cambios en las concepciones de los procesos de enseñanza y de aprendizaje que se tienen hoy.

Saber debatir e inferir con argumentos sólidos es parte de esa transformación social requerida y de las competencias para mejorar en las pruebas internacionales como las pruebas PISA en la que Colombia ocupa el puesto 57 entre 72 países. En este sentido, es válida la idea del señor Uribe, de enseñar a debatir, ya que implica aprender a argumentar. Además permite ampliar la participación ciudadana responsable, fortalecer la visión de país o defender los derechos humanos,  la paz y la convivencia como bien público.

En materia educativa, saber debatir es una tarea de inmediata prelación, al igual que formar en competencias de pensamiento crítico e instalar la filosofía como asignatura obligatoria desde los niveles de educación primaria para que a corto plazo los ciudadanos tengan herramientas cuestionadoras a la hora de participar en los ejercicios democráticos o que le sirvan para hallar en contexto la intencionalidad de las ideas “sociales” que presenta los candidatos a cargos públicos, encontrar lo falaz de los informes  económicos, hallar las mentiras de las propuestas políticas o la incoherencia argumentativa de quienes con el dominio de la palabra ha anclado como verdad sus mezquinos interés.

Es cierto, ante una gran  mayoría de ciudadanos con débil posesión, habilidad y competencias en pensamiento filosófico que les permita liberarse de la ignorancia o  revelar la mentira que se presenta como verdad absoluta. Lo más seguro es, que la estupidez y la aberración de una educación como la que se tiene en el país mantenga siempre las mismas relaciones administrativas en dependencias económicas, en pobrezas sociales y de poderes político perpetuados en el tiempo. Porque principalmente, se ha priorizado formar para los resultados, la obediencia, la mano de obra barata y la esclavitud moderna del mínimo pensar.

* Profesor Universidad ICESI

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