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La capilla del antiguo Convento de Santa Clara en Cartagena fue construida a comienzos del siglo XVII como un espacio para la contemplación.
De alguna manera, esa intención se ha mantenido al programar en ese lugar los conciertos de la llamada Serie Oro. Se trata de formatos más pequeños e íntimos (nunca sinfónicos, por ejemplo) que, bajo la resonancia particular de esa capilla, recuerdan aquella reflexión que hiciera Ravi Shankar respecto a que “la materia de la música es el espíritu”.
La serie, este año, se inició con el pianista Francois-Joel Thiollier y su particular exploración de piezas que evocaban el Mediterráneo desde el piano. El recital nos llevó desde Bach hasta Ravel, es decir, que viajamos a lo largo de tres siglos, siempre con ese sentido íntimo que puede llegar a tener el piano. Casi fue inevitable recordar a Debussy (uno de los compositores más presentes en todo el Festival) cuando escribía, encabezando una de sus partituras: “Estas piezas no son para los salones brillantemente iluminados; son más bien conversaciones personales entre el piano y el músico”.
Días después, el mismo escenario presentó una versión muy alegre —como debe ser— del famoso Fandango de Luigi Boccherini que, inspirado en la música popular española, le agregó guitarra y hasta castañuelas para que los oyentes de todos los siglos pudieran sentirse en medio de un tablao atemporal.
Con el paso de los días, la serie presentó artistas y repertorio que implicaban un mayor riesgo estético, como el caso de las voces búlgaras del cuarteto Svetoglas, que trajeron a muchos oídos colombianos por primera vez el arte de la polifonía balcánica, cantando desde lo pastoril hasta lo bíblico. O ese otro cuarteto, esta vez de cuerdas, el Balanescu, que se arriesgó a presentar las composiciones de Bartok y Enescu, basadas en rearmonizaciones del folclor de su país. No siempre fue una experiencia fácil para todos los oyentes, pero vale la pena recordar lo que dijo Diego Fischerman: “Cualquier cosa nueva que oigas ya te hace más conocedor”.
Y a propósito de Fischerman, brilló como entrevistador en el otro gran ciclo de la Serie Oro, que fue el de las conversaciones musicales. Al lado de los escritores Juan Esteban Constaín y Jorge Volpi, le dio al Festival ese componente de charla amable e inteligente que a muchos asistentes les gusta porque les permite conocer el lado humano y el campo de las ideas en que se mueven los músicos. Así, conocimos de primera mano las historias y los pensamientos del mandolinista israelí Avi Avital, el flautista turco Kudsi Ergüner y el guitarrista cubano Leo Brouwer. Valdría la pena ir pensando en un libro que transcribiera estas conversaciones (y las del año pasado) para que no se pierdan en el recuerdo.
*Juan Carlos Garay, Periodista y escritor.