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Esperas eternas (I)

Columnista invitado EE
10 de septiembre de 2014 – 10:18 p. m.

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“Preciso tiempo, necesito ese tiempo que otros dejan abandonado porque les sobra o ya no saben qué hacer con él; tiempo en blanco, en rojo, en verde, hasta en castaño oscuro. No me importa el color cándido tiempo que yo no puedo abrir y cerrar como una puerta”. Mario Benedetti.

El tiempo espera, es un aliado en unas circunstancias y el peor enemigo en otras. Cuando Borges escribió El Aleph tuvo que hacer varias explicaciones sobre esta noción de tiempo que es tan difusa entre pensadores y poetas. Pero Borges no explicó el tiempo como concepto sino como una experiencia vital, como finitud existencial. Por ello consideró que, como la muerte, el tiempo es inevitable. Ulises, de Joyce, es una prueba fehaciente de la inevitabilidad del tiempo. En 1.000 páginas describió la vida, en un día (16 de junio de 1904), de un sujeto desde que se levanta hasta cuando se acuesta. Veinticuatro horas en estas páginas (¡magistral!). Esta semana me acordé del 5-0 del partido de Argentina-Colombia en el Monumental (domingo 5 de septiembre de 1993). El mejor partido de Colombia y, por supuesto, el peor día para los argentinos. La paradoja es que este resultado le hizo más daño a nuestro país que a los derrotados. Hubo más eventos trágicos posteriores que no es bueno recordar pero que se quedaron grabados en la historia patria. Esperándolo a Tito, de Eduardo Sacheri, es un cuento que alude a la espera, al tiempo, a las no llegadas, a las eternas esperas de seres humanos que llegan o no, la espera es la tragedia. Beckett creó a Godot para que aprendiéramos sobre paciencias, el no paso del tiempo y la infinita espera. Recuerdo que en mis primeros desafíos callejeros se volvió un ritual jugar con los mejores amigos y hacíamos de todo para que nos tocara jugar juntos. También recuerdo que uno de ellos, el mejor, siempre llegaba tarde, se sabía titular y apetecido por los dos equipos, y era el que primero se escogía. Yo sufría demasiado cuando no aparecía porque hacíamos paredes, nos entendíamos con el balón y, sin mirarnos, jugábamos de memoria (estética de lo impensado). Cuando se fue del barrio tuve miedo de no encontrar con quién hacer “las paradas con la esfera”. Estas largas esperas se repiten, pero en el juego del amor. Esperar a que llegue, por fin, la mujer de nuestros sueños, es ardoroso, doloroso y cómico. Así es la espera del mejor jugador en los desafíos callejeros en nuestra infancia. James y Falcao no jugaron juntos en Brasil 2014, pero se buscan porque saben esperar, saben de tiempos y destiempos, conocen del color de los afectos. El tiempo es distinto cuando se gana que cuando se pierde en un partido. Cuando el árbitro Ernesto Filippo terminó el partido del 5-0 Maradona y Goycochea querían devolverse en el tiempo y Colombia, por los acontecimientos posteriores, también.

Es inefable el tiempo.

*Juan Carlos Rodas Montoya

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