Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En días recientes, un colega de fútbol, tertulias, poesía y docencia, Felipe Arroyave, me contó una anécdota que voy a resumir de la mejor manera y espero no traicionar, del todo, esta hermosa y trágica historia.
En plena guerra, el oficial al mando de un cuartel militar dio la orden de: ¡ataquen! Pero ninguno de los soldados hizo caso, silencio total, espera absoluta, mutismo. El mismo oficial, ahora con mayor vehemencia, gritó estrepitosamente: ¡al ataque, al ataque, demuestren su poderío! Nadie salió de su trinchera, nadie se movió. Este oficial, en consecuencia, cogió un balón de fútbol y lo tiró en medio de los dos bandos… los muertos están por contarse. Felipe sostiene que la vio en televisión. Hay esperas eternas, siempre estamos esperando o, también, nos están esperando. Este verbo tiene dos acepciones denotativas: esperar en el tiempo y anhelar o desear en la vida. Esperar el bus, lo imposible, la utopía. Cuando el balón se va a un balcón, es preciso esperar que lo tiren, de lo contrario, fin del partido o consecución de otro, pero hay que esperar. Cuando la “pecosa” se va a un techo al que ya nadie puede subir, les toca, a los que están en edificios más altos, ver cómo se decolora y desgasta gradualmente (el balón espera su rescate). No hay partido “oficial” si no llega el árbitro, hay que esperarlo, pero tampoco se puede jugar fútbol sin balón y, además, hay que esperar al dueño del balón. Siempre esperamos el mejor regalo del Niño Jesús, que lleguen la novia, el amor, la locura o la muerte. Hay que esperar la vejez, la sabiduría y el silencio. Esperamos lo que jamás ha de llegar, pero persistimos en la espera: una carta, una foto, una llamada, una mirada. En fútbol hay que esperar que llegue el mejor jugador, que los equipos estén completos, que el balón resista todo el partido, que no caiga a la quebrada, que no se vaya la luz, que el otro me la pase, que no sea gol, que empate, que no se acabe el partido, que se acabe, que sea gol. En la universidad existe la “ley del cuarto”: que no llegue el profe, que llegue el profe, que asigne la nota para saber si gano o pierdo la materia. Esperar un milagro, un reconocimiento o un amigo. Esperar el viernes para… Sí, definitivamente nos funda la espera, somos hechura de la espera. Dulce espera, eterna espera, amarga espera. Escritores, filósofos y poetas han construido al ser humano en estado de espera, esa que nos constituye. Algunos esperan aún a Dulcinea, a Beatriz, a María. Otros esperan a Esperanza. Yo esperé siempre a Gloria y llegó. Esperé dos años para volver a jugar fútbol y hoy, feliz, debo agradecer porque jugué, marqué y gané. Supieron esperarme. Tirar el balón en la mitad del patio de una escuela es provocar la metáfora de que valió la pena el recreo, esa eterna espera infantil.