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No es el mejor momento de Europa en cuanto a política exterior. A los errores inexcusables de algunos estados frente a Bolivia por el caso Snowden se suma la crisis económica interna que ha puesto en entredicho su viabilidad financiera.
Sin embargo, la UE intenta de nuevo participar en una de las crisis más connotadas en los últimos tiempos en Oriente Medio y el norte de África. Para muchos, Egipto es el principal escenario de la denominada Primavera Árabe. No es extraño que se llegue a dicha conclusión: lo que suceda en Egipto es vital para el destino incierto de la democracia en esta zona.
Europa ha sido uno de los actores más influyentes para la desactivación y condena de golpes de Estado, notoriamente en África. No es gratuita la expectativa que su mediación despierta para sacar a Egipto de la encrucijada en la que se encuentra desde la salida abrupta de Mohamed Mursi.
En Mauritania, en 2007, en las primeras elecciones libres desde la independencia en 1960, fue elegido Sidi Ould Cheik Abdahalli. No obstante, fue depuesto por un golpe de Estado liderado por el general Mohamed Ould Abdel Aziz. Algo muy similar a la situación actual egipcia. Inmediatamente, la Comisión Europea condenó el golpe y amenazó con congelar el envío de cooperación internacional, cuyo monto se elevaba a 156 millones de euros. Eso, sumado a la presión de la Unión Africana, llevó a las lecciones de 2009 que pusieron fin a la crisis política. En ellas resultó elegido quien lideró el golpe, lo que genera dudas respecto del desenlace que pueden tener las elecciones como salida a la crisis. Lección para Europa respecto a Egipto.
En 2009 se presentó una situación similar en Madagascar. El alcalde de Tananarivo le propinó un golpe de Estado al presidente Marc Ravalomana. La presión de la comunidad internacional, y especialmente de Europa, fue esencial para hacer inviable el golpe.
Estas situaciones no son idénticas a la egipcia y corresponden a la idiosincrasia de cada nación. No obstante, se rescata la relevancia de la comunidad internacional para intermediar con efectividad, especialmente en situaciones en las que ninguno de los actores en confrontación quiera ceder. Es natural que la Hermandad Musulmana no esté dispuesta a renunciar a un mandato otorgado de forma legal y legítima, pero, por otra parte, difícilmente se podrá convencer al aparato castrense, dirigido por Abdel Fatah al Sisi, de que las Fuerzas Armadas no han actuado en defensa del supremo interés nacional.
Desde afuera, especialmente desde Europa, la condena no se debe relativizar, porque de ella depende el futuro de 85 millones de egipcios. Y, en alguna medida, el éxito o fracaso de la tímida diplomacia europea.
*Mauricio Jaramillo Jassir