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Sucedió en junio de 1816 en Suiza. Percy Shelley y Mary, su pareja, viajaron a Ginebra para compartir el verano con el poeta Lord Byron y el médico John Polidori.
Las horas se fugaban explorando la zona, navegando en el lago Leman, discutiendo sobre las teorías del filósofo Erasmus Darwin, quien creía en la opción de regresar a la vida diferentes partes del cuerpo, incluso cadáveres. Los días de campo, sin embargo, duraron poco: el invierno torrencial los obligó a encerrarse. Una noche se retaron a escribir historias de terror. De ese intento por ocupar la cabeza surgió un relato corto de Mary Shelley, el mismo que luego se convirtió en una novela de 182 páginas, el mismo que es hoy mito popular. Shelley (inglesa, feminista, muerta a los 53 años) retrata en Frankenstein (1818) a un estudiante de medicina, o a un megalómano, que junta los órganos de distintos cuerpos para intentar crear una persona, pero crea otra cosa: una criatura monstruosa vapuleada por la soledad. Busca afecto: recibe puntapiés. La criatura, infestada de odio, arremete sin piedad contra la fuente de dolor. Es coherente en ese sentido. La versión de Shelley centra su atención en la ambición desbordada del científico, quien no puede sustraerse de su hijo de laboratorio. 193 años después de la obra original, en 2011, El National Theatre de Londres presentó una pieza teatral dirigida por Danny Boyle (Trainspotting, 127 horas), que fabrica una nueva faceta de Frankenstein. Durante casi dos horas de puesta en escena, Jonny Lee Miller y Benedict Cumberbatch, quienes intercambian los papeles de doctor y criatura, se someten a un desgaste físico y emocional brutal. Esta versión, que olvida a Boris Karloff con un perno atravesado en el cuello, consiste en un relato introspectivo contado desde el punto de vista de la criatura. Frankenstein se quiebra con el cantar de los pájaros; después, le resulta desabrida la primavera. Frankenstein tartamudea, suda copiosamente, solloza, brota compasión: cada vez es menos monstruo. Y parece estar sumergido en un estado de locura repleto de preguntas lúcidas. Así asistimos a un desgarro en progreso, una dolorosa necesidad de calor humano que lo precipita a la violación y al asesinato. Este mes, la temporada del National Theatre Live llega al país con esta pieza, la cual ha reunido medio millón de personas en todo el mundo. Se trata de teatro en pantalla grande, una experiencia que puede resultar novedosa o extraña. Por momentos sientes que el público de la obra (el que está en Londres), con su coro de risotadas y suspiros, anticipa tus reacciones. Es como saber que fue gol por el alarido del vecino. Aun así, no todos los días podemos presenciar obras de West End o Broadway. Es un obsequio.