Geppetto ofendido

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El filósofo español Ortega y Gasset, hablando del arte de los títeres, dice: “Son metáfora viva, el lenguaje de animar la materia inerte”. El pensador define una magia esencial de la especie humana, así, en el Génesis bíblico, el Dios creador moldea en barro al primer hombre y le sopla aliento de vida, en el poema del Jorge Luis Borges “El Golem” toma vida cuando un rabí pronuncia la palabra arcana, la metáfora se verá más clara en la popular novela de Carlo Collodi, donde el viejo carpintero Geppetto construye en madera a Pinocho que representa su anhelo secreto, así, por gracia de la fantasía, luego de que el muñeco sortea peripecias del destino se convierte en un niño de verdad.

En muchos países se han dado títeres que, como héroes vivos, representan sentires populares: el turco Karaguez que escandalizaba puritanos blandiendo su falo, el italiano Polichinela, el chino Kuo, el hindú Vidouchaca, todos ironizaron contra los tiranos de sus países y de sus tiempos. En Francia la historia no ha reconocido el papel que cumplió en la revolución el títere rebelde de Lion Monsieur Guiñol, de otra parte y a su modo René, la rana que en el cine y la televisión simbolizó el sentir liberal del gringo de la posguerra, aquí en Colombia el desparpajado Manuelucho cumplió sus hazañas entre arrieros, colonos y bandoleros de los violentos pueblos antioqueños.

En contraste con lo que ha implicado para el arte y la cultura universal la metáfora vivificadora del títere, se da otra percepción despectiva del oficio titiritero, que ya no es una metáfora sino una analogía. En el diccionario de la RAE se define títere como: “Figurilla animada con cualquier artificio”,el historiador Arnold Hauser explica como los actores del teatro isabelino odiaban a los titiriteros que le hacían competencia en las afueras de los teatros, tal vez fueron ellos quienes divulgaron la idea despectiva contra los personajes manipulados. Lo cierto es que desde hace tiempos en la ironía y la caricatura política cuando un personaje es manipulado o testaferro de otro se le compara con un títere: Se decía que el Cardenal Richelieu era el poder detrás del trono, que Luis XIII era su títere.

Hoy, en la contienda electoral colombiana, se sabe que el candidato Iván Duque representa todos los intereses del expresidente Alvaro Uribe Vélez. Por lo mismo, el candidato Gustavo Petro ha evidenciado en sus discursos tal manipulación acusando a Uribe de titiritero y a Duque de títere. La analogía ha hecho carrera y muchos caricaturistas ya representan así la subordinación del candidato al antojo del director del partido Centro Democrático.

Con justa razón, la analogía resulta ofensiva para los artistas titiriteros, que para nada quieren que su noble oficio se asimile a las bajezas de la lucha por el poder, sobre todo porque esa referencia peyorativa al arte de los títeres cala de mal modo en los imaginarios de los públicos y en nada contribuye a la valoración que merece este arte.

Ante esto, el maestro anarquista Iván Darío Álvarez, dramaturgo y actor del reconocido grupo de títeres La Libélula Dorada, se declara indignado por la vulgarización que los comentaristas políticos hacen de su oficio y publicó en las redes sociales un texto que transcribiré a continuación por su pertinencia y por la calidad de su prosa.

MANIFIESTO POR LA DIGNIDAD DEL TÍTERE

Nosotros los títeres, descendientes de los múltiples dioses, de los ritos sagrados y de la magia, venimos a proclamar a los cuatro vientos del mundo, nuestro más sentido cansancio porque se nos viva comparando, sobre todo, en épocas de elecciones, con los políticos de turno.

Por tanto pensamos que esa pretendida semejanza ofende nuestra milenaria dignidad poética.

Nosotros somos criaturas del aire, hijos del viento y de las estrellas, provenientes de las remotas galaxias de la infinita fantasía. Somos los escultores de los más hermosos sueños de infancia. En cambio los llamados políticos profesionales, son seres mundanos, la mayoría de las veces corruptos, terribles oportunistas, que se amparan en el descarado ejercicio del poder para ponerse al servicio de los más mezquinos y oscuros intereses. Su naturaleza egocéntrica y ambiciosa, los convierte en seres mentirosos y demagogos por excelencia. Ellos dicen representar a la gente, pero la verdad es que suelen representarse así mismos. Se muestran como imprescindibles salvadores de esa abstracción llamada patria, pero viven de las ilusiones, de la orfandad, de la impotencia, de la incapacidad colectiva de los humanos, para resolver sus propios problemas.

Los políticos carecen de imaginación, de humor, de generosidad, de grandeza ética. Más bien son traficantes de los sueños y de las necesidades. Nosotros los títeres no engañamos a nadie. Jamás prometemos nada. Nuestro único deseo es agradar, seducir al público y en lo posible hacerlo reír o pensar, mofándonos de todo lo humano y lo divino o de toda forma absurda de autoridad o de poder.

Por ello desde lejanos tiempos fuimos perseguidos por reyes o dogmáticos clérigos, cuando andábamos con los juglares y comediantes de nuestro arte, de pueblo en pueblo y de feria en feria. Desde antaño títeres y titiriteros formamos una unidad y conspiramos a dúo. Somos una leal cofradía utópica y solo servimos a la libertad.

Por eso proclamamos que compararnos con los políticos no esa justo, ni corresponde con la verdad. Nosotros tenemos nuestra propia voz y no carecemos de carácter ni de voluntad propia. Somos fieles a nuestro personaje desde que navcemos, hasta que morimos. Muy contrario a lo que le sucede a los políticos. Ellos son seres camaleónicos, manipuladoresw o manipulados, siempre dispuestos a vender el alma al diablo o al mejor impostor.

¡No! ¡No somos de la estirpe de los políticos!

¡No más abuso ni manoseo a la palabra títere!

¡No queremos que se nos diga más que los políticos lacayos, son títeres del imperialismo o de la burguesía!

¡El títere nace libre pero los humanos lo corrompen!

¡Somos títeres libertarios! ¡Abajo el irrespeto, viva nuestra dignidad!

Iván Darío Álvarez Escobar

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