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Lo que suceda en este país marcará el rumbo de lo que sigue para la región. Unas elecciones definitivas.
Irán será convocado a las urnas en junio de 2013 en un escenario definitivo para el futuro de la región y del mundo. Y no es un azar que exista un vivo interés por lo que suceda con esta nación ya que lo que ocurra tiene un efecto directo sobre temas de la mayor relevancia en el devenir internacional.
El programa nuclear, la paz definitiva entre Israel y Palestina, la guerra contra el terrorismo y la reconciliación con el Islam, son temas que inquietan a Occidente con justa causa, y cuyo desenlace depende, en buena medida, de las posturas asumidas por Teherán. En julio de 2005, un desconocido para buena parte de la comunidad internacional, ganó contra todo pronóstico las elecciones. La llegada de Mahmmoud Ahmadinejad le devolvió a Irán su lugar en las altas esferas de la política mundial. Eso sí, por ostentar lo que algunos denominan como poder negativo. Es decir, la importancia que acumula un estado por los problemas que le pueda generar al sistema internacional. Desde la década de los 80, Irán es vivo ejemplo de ello.
Vale decir que occidente se ha equivocado por haber apoyado al régimen genocida de Saddam Hussein en los 80 para contener la improbable expansión de la Revolución Islámica iraní, por las sanciones permanentes en contra del régimen y cuya víctima es la población y por supuesto, por un apoyo incondicional a Israel en la cruzada contra el pueblo palestino. Desaciertos que resumen los argumentos que han convertido a Irán en protagonista de la disidencia global, contra lo que se entiende como un proyecto homogeneizador, que desde Occidente impone valores a cualquier precio.
Para algunos, las elecciones pasadas iraníes de 2009 en las que fue relegido Ahmadinejad, fueron el preludio de la recién denominada Primavera Árabe (aunque Irán no sea árabe). Sin embargo, es prudente anotar que mientras en la mayoría de países de la región se producían levantamientos, desde 2011 cuando el presidente tunecino Ben Ali fue depuesto, en Irán el orden impreso por la revolución se mantenía (no intacto valga aclarar). De allí que no resulte sorprendente que en Irán se le haya bautizado a tal fenómeno como “Despertar Islámico”, denominación más precisa que la de Primavera Árabe.
En estas elecciones se presume la participación de dos expresidente moderados que cambiarían el curso de la revolución islámica y abrirían la puerta del diálogo con Occidente, Mohammad Khatami y Hachemi Rajsanjani. Por otra parte, Esfadiar Rahim-Masahie se presentaría como figura cercana de Ahmadinejad y defendería el camino de la ortodoxia.
Al margen de lo que suceda, Ahmadinejad pasará a la historia como una prueba irrefutable de la existencia de varias tendencias en uno de los regímenes más criticados del globo. Diversidad que no deja de sorprender.
Mauricio Jaramillo Jassir / Profesor Universidad del Rosario