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Irán, entre la moderación y el conservatismo

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Sólo quedan seis candidatos cuyas tendencias revelan la correlación de fuerzas políticas en Irán.

Esta semana el expresidente y figura del reformismo, Mohammad Khatami, pidió a sus seguidores votar por Hassan Rohani. Los otros cinco candidatos se caracterizan por su talante conservador y entre ellos aparecen dos como los más perfilados: Mohammad Bagher-Ghalibaf, actual alcalde de Teherán (la misma condición que tenía el actual presidente Ahmadineyad en las elecciones de 2005), y Said Jalili, negociador con Occidente en el espinoso dossier nuclear.

El hecho de que hubiesen sido excluidos de la contienda el expresidente Hachemi Rafsanjani y el protegido del actual mandatario, Esfandiar Rahim Mashaei, dejó entrever un aumento del poder del guía supremo, el ayatolá Jamenei, quien tuvo mucho que ver en la anulación de las candidaturas. Dicho líder encabeza el Consejo de Guardianes encargado de escoger a los candidatos, de acuerdo con los principios de religiosidad y de capacidades gubernamentales instaurados desde la Revolución de 1979, a partir de la cual Irán se proclamó república islámica. Desde entonces cuenta con un complejo entramado de actores en la toma de decisiones y, dependiendo del tema, uno u otro tiene más peso.

Las encuestas hablan de una segunda vuelta entre Jalili y Bagher-Ghalibaf. Ambos son cercanos a Jamenei, lo que garantizaría una fluida relación entre presidente y autoridad religiosa. El último mandato de Ahmadineyad se caracterizó por fricciones con el guía religioso, lo que terminó por afectar su popularidad y margen de maniobra.

A pesar de los disensos entre ambos, los líderes coinciden en dos puntos fundamentales para la comunidad internacional: la mano dura contra los presos políticos, cuyo emblema es Hossein Moussavi, antiguo primer ministro y quien perdió las últimas elecciones con Ahmadineyad. Se trata del máximo dirigente del Movimiento Verde que protestaba contra el supuesto fraude en los comicios de 2009, severamente reprimido por las autoridades iraníes. Y en el tema nuclear, tanto el Gobierno como el guía han coincidido en la necesidad de no ceder frente a la presión de Occidente. Es más, dicho asunto le ha dado oxígeno político a Ahmadineyad, cuando la situación económica afecta directamente su imagen.

Por eso, el resultado de esta semana en las elecciones iraníes es seguido atentamente, aunque con una carga normal de escepticismo. La denominada Primavera Árabe, la crisis en Siria y las protestas actuales en Turquía le han dado a Irán un protagonismo inesperado que la puede convertir en la nación más estable del convulso Oriente Medio. De lo que suceda en las urnas dependerá, en buena medida, que esto ocurra o no.

*Mauricio Jaramillo Jassir

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