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Bota el cuero cosido de esperanza, hinchado con un aire de esperanza, de risa triste, de ilusión oscura. Colores desteñidos que nunca se asomaron al sol de los estadios, van, vuelven, corren las camisetas, buscan, persiguen una esfera del color del sueño. Leopoldo de Luis.
¿Para qué juego limpio en tiempos de suciedad? Es una pregunta similar a la que se hace Hölderlin: “¿para qué poetas en tiempos de penurias?”. Precisamente, necesitamos juego limpio para demostrarnos que todavía hay esperanzas y fe en el compañero, para creer que sí es posible vivir en convivencia, para que no nos matemos entre nosotros mismos, para salvar y resistir esa tendencia de volverlo todo suciedad y bajeza. El deporte nos deja ver como seres humanos que juegan para ganar pero se sobreponen en la derrota, porque está entre las posibilidades. Necesitamos juego limpio para no caer en las mismas redes de la corrupción del mercado del deporte. Para eso sirve el juego limpio, para hacernos “más humanos” en una suciedad que está enferma de un mal peor que el cáncer: el desmedro de la ética. Un deportista juega éticamente cuando respeta al otro, se respeta a sí mismo y respeta la naturaleza. Moralmente sabemos qué es bueno y qué es malo, pero éticamente sólo lo sabremos cuando tengamos al rival de frente para ganarle en igualdad de condiciones, y por ello no se tendría que dar puntos adicionales por el juego limpio, porque es natural que juguemos limpiamente para reconocer en el otro su rostro que es distinto al mío. Jugar limpiamente es competir con otro de manera ruda, pero con el carácter de reconocerle que fue mejor y ganó, o para pedirle el respeto y reconocimiento de que fui mejor y gané. Necesitamos jugadores limpios, como poetas, para que entre suciedad y muerte, destruyan prejuicios y prácticas legendarias y propongan miradas más emocionales y menos racionales. Necesitamos más poetas para que transgredan los órdenes establecidos de un engranaje que vende hasta la sonrisa de un jugador.
Necesitamos más poetas para que dibujen con sus palabras un mundo posible en el que quepan todas las esferas del sueño de los seres humanos.
Necesitamos poetas que se pongan la camiseta de la humanidad para que haya una esperanza más, esa que nos han extirpado violentamente de los estadios. Más poesía, menos promesería. Más poetas con la camisa desgastada de correr detrás de un balón, es decir, detrás de un sueño de papel que pueda con más ilusiones y menos palabras inanes.
Poetas para que la carroña sea una metáfora de lo macabro, pero con la ilusión de volver a jugar mañana mismo la recocha que sirve de catarsis y olvido. Que el exilio no sea en tierras propias en las que somos más extranjeros que los extranjeros.