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La confusión continúa. La sociedad todavía no alcanza a comprender que en el país, desde el 2005, se viene desarrollando una nueva forma de administrar justicia. Y que en la base de esa forma de investigar y juzgar las conductas punibles, bullen una lógica y una ética diferentes a la lógica y a la ética que fundamentaban el sistema procesal penal anterior.
Por la falta de comprensión de los cimientos del sistema penal acusatorio, es que cada vez que un juez toma una decisión acorde con esas normativas, se abre la polémica.
Los casos de Fabio Salamanca y Jhonatan Cabrera, conductores ebrios que causaron unos homicidios, han vuelto a suscitar la misma controversia. A los medios de comunicación, no les parecen aceptables las determinaciones tomadas en estos casos.
Los especialistas en asuntos penales, han salido a explicarle a la gente qué es lo que está pasando. Pero ninguno atina a ir al fondo del problema.
No lo hizo el abogado Yesid Reyes (El Espectador, 2 de agosto de 2013), de cuya sindéresis nadie duda. Le apuntó a la médula y le dio a un ala del asunto. Tampoco la Ministra de Justicia, Ruth Correa, fue capaz de hacer claridad sobre lo que sucede. La juez Carmen Gualteros, aunque elaboró un discurso sensato, no tocó los fundamentos éticos y lógicos del sistema penal que la llevó a dejar en libertad a Fabio Salamanca. Lo mismo le pasó al Juez 62 de Control de Garantías. Fue insustancial en la sustentación de la medida de aseguramiento dictada contra Jhonatan Cabrera.
Urge hacer claridad sobre lo que sucede. Por mi parte, pienso que el nuevo sistema penal no está fundado en la culpa sino en el interés. Su ética no es la cristiana, como la del anterior, sino la calvinista. Si un hombre mata a otro, no tiene que “podrirse en la cárcel”, como sostienen los católicos. De acuerdo con la ética calvinista, por regla general paga en plata su culpa.
Para el calvinismo, la ley penal no es un imperativo ético, como lo sostiene el catolicismo. Es apenas un instrumento que sirve para solucionar conflictos interpersonales. Lo ético debe ser dejado de lado. Lo que debe prevalecer, es la utilidad. Descarnadamente, el adagio calvinista resume la esencia del sistema penal acusatorio: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Si eso pasa con la ética, algo similar ocurre con la lógica. En la judicatura, el razonamiento silogístico perdió vigencia. Esta forma de razonar, no la admite el sistema penal acusatorio. Del hecho de que alguien dé muerte a un semejante, no se sigue que haya que imponerle una pena privativa de la libertad. Aristóteles salió de escena. Entraron los sofistas. Se entronizaron las reglas del pensamiento complejo y salieron por la ventana las de la sana crítica.
Lo que ahora se está introduciendo en materia penal, es el razonamiento discursivo. Los jueces no deben emitir juicios lógicos de responsabilidad. Deben proferir juicios de valor. Sus decisiones, por eso, hoy por hoy, no son previsibles. Ahora son imprevisibles.
Eso es lo que está pasando. El país se niega a interiorizar la ética calvinista que le están imponiendo desde el país del norte, a través de la normatividad penal. Pero además rechaza que la manera de razonar a la hora de juzgar a las personas, no sea ya la silogística sino la discursiva. A nuestros conciudadanos, los asustan lo pragmático y lo imprevisible. Y son esos dos puntales, para gracia o desgracia, los que sostienen hoy la justicia penal en Colombia.
Andrés Nanclares (*) Ex Magistrado de la Corte Suprema de Justicia