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Por: Alberto López de Mesa
Asistir a la Feria internacional del libro de Bogotá es un acto reconfortante, edificante y revelador. Llegar a Corferias y ver toda su infraestructura y un conglomerado de profesionales, técnicos y operarios al servicio de un magno ritual en honor al libro, a los objetos que contienen impresos el pasado y el presente del pensamiento y la memoria es un hecho que reivindica la esperanza. La ciudad se engalana ofreciendo a sus habitantes y a sus visitantes un certamen que no obstante se rige por las dinámicas del mercado, al ser una transacción entre lectores, libreros y creadores conjura el consumismo y se propone como un encuentro rotundamente cultural.
Este año en FILBO31 el país invitado fue Argentina que mostró en su pabellón la diversidad de su industria editorial adornada con signos representativos de su cultura: el tango, la culinaria, los paisajes, bellas ediciones de los clásicos de su literatura y el futbol destacado como un hito de la identidad nacional.
No deja de sorprender y alegrar la cantidad de empleos directos e indirectos que genera FILBO, la diversidad de personas que asisten, los negocios que se entablan, el encuentro democrático de ideas y saberes, las novedades gráficas y literarias, todo como en una liturgia pagana pero tan estimulante para el espíritu que en la práctica desvirtúa el mito futurista que vaticina la desaparición del libro y su remplazo en el estadio virtual de la cibernética.
La feria concibe la concurrencia democrática en el mejo de los sentidos, hay horas de acceso gratuito, lo que propicia la presencia del estudiantado. Da gusto ver a las y los colegiales aún con sus uniformes recorriendo los stanes e informándose del presente del mundo editorial, matrimonios con sus hijos infantes, jóvenes de todos los estratos, todos comulgando en torno al libro que en últimas es comulgar en torno a la palabra.
El ritual de los autores firmando libros crea un acercamiento emotivo entre el lector y el autor, las tertulias, las conferencias, los conversatorios, hacen de la feria un ágape que edifica y cuestiona los espíritus, porque, a la larga, en la cercanía, en el contacto, los editores y los autores reconocerán las gustos y las expectativas de los nuevos consumidores de libros, de igual manera los lectores reconocerán las búsquedas y las propuestas de los creadores del presente.
Las ferias de libros, como los festivales artísticos son la verdadera demostración del caracter de una ciudad. Es la cultura el estadio sublime de todo desarrollo.