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La ficción en el fútbol (y II)

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Nació la pelota con una piedra o con la vejiga hinchada, de una presa abatida. No la inventó una anciana, ni una mujer, ni un niño; la inventó la tribu en la celebración, en el descanso, en el claro del bosque. Antonio Deltoro.

Desde que nació la pelota hay arte, filigrana, trasgresión y ventura. Cuando nació la pelota surgió la ciencia de medir y pesar, la mirada mezquina, el caos, el desorden y la desventura, es decir, el fútbol es un artilugio, un artificio que ha servido para ir a la cima de los momentos gloriosos de un sujeto, una ciudad, un país y un mundo, pero, paradójicamente, es el mejor pretexto para que un sujeto habite la sima, el lugar más bajo y ruin de la existencia. Pero también han conocido la sima la ciudad, el país y el mundo; por ello, el fútbol es una ficción, una extensión de la desmemoria de los seres humanos, es una prótesis frágil y quebradiza porque aquieta la desesperanza en la derrota y aviva las pasiones hasta la muerte. Cuando se juegan partidos entre el primero y el último del torneo se advierte la imagen de David y Goliat. Se supone quién es el vencedor y quién el derrotado. Pero esta misma imagen se confirma en textos como Los viajes de Gulliver. Ser gigante entre pequeños y pequeño entre gigantes. Un marcador abultado será lo normal, y si gana el rival débil entonces hay “palo dominical”.  Alicia en el país de las maravillas es un buen pretexto para conocer de cimas y simas, de adentros y de afueras, de conversaciones con caballos, conejos y sapos. En el fútbol acontece que la ficción es más real que la realidad. Gulliver y Alicia nunca jugaron fútbol, pero conocieron el sinsabor de la derrota y la alegría que produce ganar, aunque sea en el mundo de la imaginación. Hay equipos que se forman para perder y el día que ganan sienten mayor la derrota porque ven alterada su “habitualidad”. El fútbol, por fuera del mercadeo, es un sino paradójico: produce conversaciones diurnas que terminan en monólogos nocturnos y en soliloquios eternos. Después del partido siempre queda algo por decir: “Me lo comí, debí pasarla, hubiera sido mejor bajarla y darle al arco, fui egoísta, cómo no la metí”. Una conversación con uno mismo y que termina cuando se acaba la noche y queda en el silencio la promesa del próximo partido. El fútbol, como la vida, da revanchas en la ficción, en la soledad de las reflexiones, en los goles que sí entran pero en el sueño. Una chilena resulta fácil cuando se duerme y se despierta con el entusiasmo alborotado porque existe la posibilidad de hacerla durante el partido. Nos asusta la idea de abrir los ojos y estar encerrados, como Ana Frank, y que no podamos salir de ese diario en el que, detrás de la página siguiente, no haya un arquero de fútbol sino un soldado que “dispara al arco”.   rayuela138@hotmail.com

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