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EL 6 de noviembre de 1985 un comando del M19 se tomó el Palacio de Justicia en Bogotá.
Más de 100 muertos, incluidos once magistrados, funcionarios, miembros de la fuerza pública y guerrilleros. Varias personas desaparecidas. Hoy, casi 30 años después, la herida no cicatriza. ¿Cuál es la razón para ello? Veamos.
Hubo justicia transicional para el M19 sin la verdad y sin reparación. Así lo quiso el país, y así se votaron las leyes de indulto y amnistía. Hubo entonces un consenso nacional para el perdón. Incluso el M19 presidió la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Y digo consenso mas no unanimidad, porque a las víctimas jamás nos tuvieron en cuenta para ese propósito.
El contraste y el desequilibrio con las condenas al general Arias Cabrales y al coronel Plazas Vega, comandantes del Holocausto, es evidente, pues nunca se diseñó un esquema de justicia transicional para los miembros de la fuerza pública involucrados en estos hechos, como lo propuse hace más de diez años.
En realidad no prosperó la idea, porque la mayoría de ellos sigue pensando que su conducta fue correcta. Durante varios años, los oficiales que participaron en el operativo militar dieron conferencias en la Escuela Superior de Guerra sobre los hechos del Palacio de Justicia para reivindicar la manera “correcta” de enfrentar a los “bandidos terroristas” en este tipo de situaciones.
De acuerdo con esta perspectiva, los inocentes que caen en medio del fuego cruzado representan el “precio” que se paga por “salvar la democracia”. Esta visión corresponde a la formación que esos oficiales recibieron en los cuarteles durante los años sesenta y setenta, cuando no se hablaba del Derecho Internacional Humanitario, aunque éste siempre había existido.
Con la íntima convicción de haber obrado “correctamente”, a pesar de los homicidios fuera de combate, de las torturas en la Escuela de Caballería o de las desapariciones y asesinatos de gente inocente, estos oficiales son condenados ahora a penas de más de 30 años, no por el capricho de la justicia, sino por el capricho de quienes hacen las leyes que los jueces aplican.
Claro que hay un desequilibrio histórico que aún se puede corregir, si se apela a la verdad que aún permanece oculta en la buena memoria del presidente Betancur y de sus ministros, responsables políticos del Holocausto; a la mala memoria de los comandantes guerrilleros y a la ninguna memoria y nula responsabilidad de quienes diseñaron un proceso de paz sobre la base de verdades a medias y con el absoluto desprecio de todos aquellos que perdieron la vida en la sede de la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado y de aquellos que desaparecieron en los cuarteles del Estado.
* Exministro de justicia, profesor universitario