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La mirada colonial

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Gracias a la sequía y a los escándalos políticos, la prensa nacional parece haber descubierto a La Guajira.

Los noticieros de televisión y los medios escritos están llenos de notas sobre la desnutrición infantil, los antagonismos violentos entre las agrupaciones políticas, el hacinamiento de las cárceles y la crisis económica derivada de los efectos del cambio climático. Sin embargo, en todos estos registros muchos ciudadanos de la península perciben una visión sobre el territorio guajiro que conserva mucho de la mirada colonial.

La primera sensación es que no se describe un departamento que hace parte del territorio colombiano sino una provincia por conquistar. Una especie de mero reservorio extractivo de recursos naturales situado en un espacio y en unos tiempos lejanos del país moderno, casi como una distante posesión de ultramar. De hecho, una revista de gran circulación nacional se pregunta: ¿estamos perdiendo La Guajira? Quizás ello expresa una sensación similar a la que tenían los franceses cuando perdían a Argelia o a Indochina en el siglo pasado. Muchas de estas notas están bien intencionadas y denuncian situaciones injustas o calamitosas, como es el caso de la carencia del agua en los territorios indígenas. Como lo ha afirmado Mary Louise Pratt en su libro Los ojos imperiales, estos nuevos viajeros son por naturaleza anticonquistadores, suelen hacer evidentes las injusticias y, al mismo tiempo, promueven los valores vinculados a la burocracia, la racionalidad, la industrialización y la innovación tecnológica.

Más que los devastadores efectos del cambio climático o el agravamiento de la ineficiencia administrativa, lo que ha puesto en evidencia esta coyuntura son las grietas del modelo que la Nueva Granada primero y Colombia después han mantenido históricamente en su relación con la península y sus habitantes… Señala el historiador René de la Pedraja que a fines del siglo XIX dos territorios tenían problemas con el centro del país: Panamá y La Guajira. El primero optó por la separación, el segundo por la clandestinidad. Desde la creación de la República hasta hoy, los puertos marítimos de La Guajira han sido frecuentemente inhabilitados, aislando a un territorio peninsular del ámbito natural y cultural al que pertenece: el Gran Caribe. Sus recursos pesqueros son adjudicados anualmente a foráneas flotas de pesca industrial. Así se ha propiciado el estereotipo del guajiro como pérfido contrabandista. La idea de que es una tierra sin dios ni ley sólo oculta la existencia de una organización social y un sistema normativo propios que son anteriores al surgimiento de la República.

Si bien algunas figuras de la dirigencia local ratifican el estereotipo de corrupción y violencia que predomina en el centro del país, no debemos olvidar que estas prácticas no se encuentran aisladas de negociaciones con los centros del poder del país. Dichos estereotipos simplifican y justifican las intervenciones violentas y arbitrarias desde el poder y suelen construirse a partir de una sola visión de la historia. No olvidemos que La Guajira es una nación milenaria y que Colombia es una joven república.

Weildler Guerra*

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