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Si para llegar a sellar un acuerdo de paz fuera menester recorrer una distancia que se alcanzara en cien pasos, tal vez en La Habana se ha podido ya llegar al paso número cuarenta.
Los pasos uno y noventa y nueve son sin duda los más arduos. El primero lo es porque la toma del poder por la vía armada enderezada a generar una transformación revolucionaria, durante cincuenta años se ha erigido para los combatientes de las Farc en su obsesión identitaria.
Si se dejan de lado los factores que en la práctica han desvirtuado el ethos revolucionario —narcotráfico y expoliación de la población civil—, la que podríamos denominar “lucha armada pura” se alimenta de un ideal político transformador, que así nosotros no compartamos sobre todo porque repudiamos el medio a través del cual se intenta realizarlo, debemos en todo caso aceptar que es tan intenso que ha movilizado a miles de personas dispuestas a sacrificar su vida y la de los demás tras la quimera de ver sus dogmas inspirar una nueva época. Si se da el primer paso, como en efecto se dio, ello significa que el grupo revolucionario comienza a admitir que el triunfo armado ha perdido viabilidad o que se ha revelado menos verosímil. Como el primer paso implica asumir que el sueño de la victoria bélica se desvanece, este ha sido simbólicamente más costoso para las Farc. Sin embargo, se ha dado, y si se ha llegado al paso cuarenta, nadie podrá negar que esta vez se avanza hacia el puerto de la paz.
A cambio de la renuncia del triunfo revolucionario armado, no ha sido difícil para el equipo negociador del Gobierno compartir con las Farc el compromiso de erradicar la desigualdad y la pobreza que han caracterizado al campesinado colombiano. A la frustración de la guerrilla se une la culpa que tenemos que expiar los que estamos en esta orilla de la democracia y que no hemos sido capaces de cumplir las promesas de ciudadanía formal y material plenas que las constituciones de 1936 (función social de la propiedad) y 1991 (Estado social del derecho) les extendieron a los campesinos abandonados y que hasta la fecha han sido letra muerta. Dejar la lucha armada a cambio de ejecutar pacíficamente la revolución prometida de las constituciones de 1936 y 1991, para las dos partes es el mejor y el único trato sensato y digno que se impone alcanzar.
Quedan otros sesenta pasos para firmar la paz y seguramente no serán menos difíciles que los primeros cuarenta. Lo que sigue ya no tiene que ver con el Estado social de derecho, sino con el Estado de derecho a secas, puesto que se relaciona con el castigo mayor o menor que podría imponerse a los autores de delitos de lesa humanidad. La segunda parte de la negociación y, sobre todo, el día número 99, será el más difícil: no se hablará de revolución prometida, sino de castigo esperado.
*EDUARDO CIFUENTES MUÑOZ