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Las puertas del gol (y II)

Columnista invitado EE
28 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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El fútbol funciona como ajedrez. También allí, las reinas y los alfiles, las torres y los caballos pueden hacernos regresar a una olvidada Edad Media, pero lo único que cuenta es la muerte del rey, el mate. Y el mate, en el fútbol, es el gol: Vladimir Dimitrijevic.

Y ver que el arco se mueve con la facilidad del agua, de la arena, de las huellas, de las miradas. El fútbol, como la arena, el agua y las miradas, es infinito porque los arcos están en todas partes: en la sombra, en el río y en el mar. En los lugares más inhóspitos se han encontrado restos de fútbol como alambres retorcidos, latas corroídas por el óxido, balones en su última etapa de descomposición, restos de guayos y guantes, números que se fueron cayendo, como la humanidad. Un balón que sobrevive a un tsunami y regresa meses después a su hogar de origen: la risa del niño que lo perdió todo, hasta las esperanzas, pero recuperó su balón, su amistad, sus recuerdos, su compañía. Con una tiza, un adobe, morrales, medias, piedritas y muros. Dibujar un arco es la promesa de ganar o perder, es el estoicismo de quien juega solo y cuenta sus derrotas y triunfos para llevar la cuenta en su memoria. Poner apodos, brindarle el balón al otro y esperar el retorno estético, es decir, compartir los miedos similares. El fútbol es condición de posibilidad, el mundo “otro”, es la tragicomedia, la reconciliación y el perdón. Todavía en la arena de la playa se intuye que hubo fútbol. Palos acostados que sirvieron de porterías, pisadas furtivas que demarcan el campo, el área de saque y las líneas imaginarias del travesaño que no existe pero que se mide, como se mide el punto de penalti que no se ha pintado ni la línea del fuera de lugar. 11 metros o 12 pasos que se eternizan cuando se cuentan en contra. El mundo está plagado y contagiado del virus de los arcos en todos los rincones del planeta. El fútbol es el único deporte universal que democratiza, a pesar de los intentos por monopolizar hasta la conciencia de quienes apenas dan sus primeras patadas en el arco del mueble de la casa o entre dos materas que sirven de postes para los goles infantiles. Jugar fútbol es catarsis para recordar que gritar un gol implica que tenemos un arco en los labios y un gol atrancado en nuestra imaginación. El primer beso es como el primer gol. El segundo beso es como el de chalaca. El tercero es el gol que no se ha cantado pero se tiene dibujado en la esperanza porque ver un arco vacío invita al desencanto existencial. El arco de la mirada, el arco del amor, el arco de las pasiones humanas. Arcos en todas partes, como la arena, los libros y el mar. Un arco, promesa de goles bellos e imposibles.

Juan Carlos Rodas Montoya*

rayuela138@hotmail.com

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