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Envuelta entre enigmas, nostalgias y anhelos, vestida en tonos pasteles y acaso inconsciente de cuánta historia anda merodeándola, nuestra calle 10 se desprende desde los cerros para descender por escarpada pendiente hasta aquel cuadrante en donde La Candelaria pierde su nombre.
Antes de tener nomenclatura, la 10 contó con varios rótulos, según el tramo al que correspondieran. En su nacimiento —al terminar Egipto— era calle de la Fatiga. Luego, de la Esperanza. Después, del Coliseo. Al final —ya en su desembocadura— de San Carlos.
Figuras como los hermanos Cuervo, Rafael Pombo, Antonio Ricaurte, Simón Bolívar y Manuelita Sáenz, la habitaron. Sus casas destilan leyendas.
¿Ejemplos? Cierta noche septembrina, aquel a quien llaman Libertador yacía plácido sobre el tálamo, dentro del palacio de San Carlos, en compañía de su ecuatorial amada, cuando una jauría de conspiradores llegó a acecharle con el propósito de ultimarlo, por lo que despavorido se arrojó por algún ventanal para encontrar refugio bajo un puente. En el actual Museo Militar fueron impresos los Derechos del Hombre.
Muy cerca —en el número 4-62— operaba la residencia y cervecería de los mencionados Cuervo Urisarri, maestros del alcohol y la lengua. Disponible a dos reales en la confitería de don Agustín Nieto.
Una manzana completa da testimonio del poderío jesuítico. En la iglesia de San Ignacio hay túneles subterráneos, abiertos por los ibéricos en 1767, convencidos de que allí reposaban indecibles tesoros ocultados por la comunidad, entonces desterrada. De regreso ésta lo usó para abrir tumbas. El templo alberga fino y excepcional arte religioso. Dentro de éste, dicen, está uno de los innumerables ‘lignum crucis’… según especulan algunos, fragmentos extraídos de la cruz en donde Cristo fue inmolado.
La custodia La Lechuga —joya que antes les perteneciera— fue vendida por 3.5 millones de dólares al Banco de la República en 1987. Aún es posible verla y abrumarse con sus esmeraldas, perlas caribeñas de Curazao, topacios, amatistas indias, rubíes de Ceilán y su zafiro de Cian, todos atrapados en sus 80 centímetros y nueve kilogramos de oro de 18 kilates. Tantas joyas ahí engastadas pretendían librar a los clérigos de la obligación de compartírselas a la corona.
A fechas presentes la librería Los Templarios, abajo de la Séptima, esconde rarezas y antigüedades y es paraíso para bibliófilos y fetichistas.
Lo anterior —aunado a otras sorpresas— lo encontraremos en el próximo episodio de ‘Callejeando’, serie documental del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, a transmitirse este domingo, sobre las 9 p.m., por Canal Capital. Una oportunidad más para reconocernos en los vestigios de esa ciudad, hecha de memorias y desmemorias, y a la vez divisar el futuro de una vía a la que, por cierto, corresponderá el honor de servir como sede al nuevo Museo de Bogotá. ¿Nos acompañan?